Todavía me considero un drogodependiente, aunque hace años,
cuando me enganché, fui un drogadicto de tomo y lomo. Eran otros tiempos,
aquellos de las revistas, los libros y las enciclopedias; y no era fácil dar
con todo ello. Estoy hablando de dependencia al Atletismo,
naturalmente, que es lo que aquí nos ocupa. Ahora, además del papel, tenemos Internet, que no deja de ser
otra droga interesante.
En esta era tecnológica aún hay un pequeño gesto que
cualquiera puede realizar con la simple ayuda de una pared, una silla, un metro
y un lapicero: hacer una pequeña raya horizontal a 245 centímetros del suelo,
que es -para quien no lo sepa- el récord mundial de salto de altura masculino.
Cuando yo empezaba a ser un adicto al Atletismo este récord andaba por 2.38 y
lo tenía un atleta chino llamado Zhu Jianhua. Él mismo lo subió un centímetro.
Luego llegaron los soviéticos Povarnitsine y Paklin, con 2.40 y 2.41, el sueco
Sjöberg con 2.42 y, finalmente, la tiranía del cubano Sotomayor y sus 2.43,
2.44 y los “inamovibles” y vigentes 2.45.
Desde aquellos años mozos siempre tuve pintada en alguna
pared la raya que marcaba el récord de salto de altura, la miraba, me regodeaba
con ella e imaginaba a esos plusmarquistas volando por encima de la señal sin
tocarla. Y yo sí que volaba, madre mía, drogado por aquella raya que sólo podía
alcanzar con la punta de los dedos si daba un buen salto.
Aquella línea, la misma que propongo a quienes estéis
leyendo esto, dibujaba en mi cabeza la frontera entre el mundo tangible y la
fantasía. Imaginación y realidad confluían (y confluyen aún) en esa raya
mágica, Aleph eterno en mi pequeño universo atlético.