{"id":63,"date":"2010-07-15T01:35:53","date_gmt":"2010-07-15T01:35:53","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.diariovasco.com\/airelibre\/?p=63"},"modified":"2010-07-15T01:35:53","modified_gmt":"2010-07-15T01:35:53","slug":"el_futbol_ha_muerto","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.diariovasco.com\/airelibre\/2010\/07\/15\/el_futbol_ha_muerto\/","title":{"rendered":"EL F\u00daTBOL HA MUERTO"},"content":{"rendered":"<p><DIV align=center><IMG border=3 src=\"\/airelibre\/wp-content\/uploads\/sites\/6\"><\/DIV><br \/>\n<DIV>&nbsp;<\/DIV><br \/>\n<DIV>Abrumado por un exceso de melancol\u00eda que a\u00fan no era capaz de explicar ni acaso entender, Mario Luismeda cedi\u00f3 a una fuerza que se revel\u00f3 m\u00e1s fuerte que \u00e9l y aquella ma\u00f1ana resolvi\u00f3 no acudir a su oficina. Momentos antes hab\u00eda rechazado con un beso el frugal desayuno preparado por su mujer, Natalia Llasoro, que intentaba disimular sin conseguirlo el mismo semblante afligido. Aunque la suya era una tristeza distinta: era un contagio de tristeza, filtrada gota a gota desde la piel de Mario en ocho horas de contacto ausente, mientras \u00e9l estudiaba sin luz los poros del techo y ella peleaba despierta contra enso\u00f1aciones febriles que la intentaban persuadir de que en sus entra\u00f1as se estaba gestando una nube de algod\u00f3n de az\u00facar.<BR><BR>Natalia, consciente del desvelo rec\u00edproco, hab\u00eda descubierto esa noche un hombre desconocido para ella. En cuatro a\u00f1os de matrimonio era la primera vez que Mario se quedaba mudo y la primera que no conciliaba el sue\u00f1o. Y aunque lleg\u00f3 a entenderlo tras varias horas de \u00f3smosis, al principio no comprend\u00eda el terremoto que sacudi\u00f3 la espina dorsal de su marido, ni por qu\u00e9 hab\u00eda desenchufado la radio precipitadamente en el preciso momento en que escucharon al acostarse el escueto titular de la noticia, esa noticia que no por esperable hab\u00eda dejado de trastocarle los ejes.<BR><BR>&#8220;Nunca supe que te importaran las vainas del f\u00fatbol&#8221;, dijo sin pensar Natalia Llasoro disponi\u00e9ndose a dormir. Mario tard\u00f3 en contestar, y, cuando lo hizo, sus propias palabras le parecieron un bumerang m\u00e1gico que le parti\u00f3 los dientes tras haber golpeado la presa: &#8220;\u00bfQui\u00e9n habl\u00f3 de f\u00fatbol?&#8221;. Y el silencio rein\u00f3.<BR><BR>El despertador, insensible a los cambios del mundo, marc\u00f3 la hora de hacer frente a la vida, y la vida los puso en pie. Mientras \u00e9l se aseaba, Natalia organiz\u00f3 el desayuno que Mario iba a rehusar. En aquel extra\u00f1o amanecer, cada acto rutinario parec\u00eda renacer con nuevos significados. Ni el aroma del caf\u00e9 reci\u00e9n hervido que se deslizaba desde la cocina, y del que siempre presum\u00eda que era lo \u00fanico capaz de ponerle en contacto con las realidades cotidianas, consigui\u00f3 retenerlo m\u00e1s tiempo: no necesitaba comer. Necesitaba evolucionar.<BR><BR>Mario Luismeda y Natalia Llasoro se encontraron, al fin, en un pasillo ineludible. Impecablemente peinado, vestido, pulcro, perfumado, titube\u00f3 en sus primeras palabras desde la imagen del bumerang: &#8220;Hoy no es f\u00e1cil estar de buen humor&#8221;, balbuce\u00f3, acarici\u00e1ndole a su mujer el dorso de una mano con la yema del dedo \u00edndice. Y se invent\u00f3 un beso, y cruzaron en el \u00faltimo momento una relampagueante mirada que los puso a salvo de cualquier asomo de enojo. Natalia respir\u00f3 profundamente antes de hablar y se sinti\u00f3 reconfortada por el b\u00e1lsamo del caf\u00e9. Quiso estar segura de que sabr\u00eda decir algo que tuviera sentido en una ma\u00f1ana tan particular.<BR><BR>&#8220;Ni bueno ni malo -dijo-. Hoy no es buen d\u00eda para ning\u00fan humor&#8230;&#8221;. Aunque en su tardanza apenas consigui\u00f3 que la oyera su marido, que ya cerraba tras de s\u00ed la puerta haciendo un \u00ednfimo gesto de despedida con la mano. &#8220;Qu\u00e9 guapo va con la cara de papel&#8221;, pens\u00f3 con el coraz\u00f3n.<BR><BR>Natalia ya no se sorprend\u00eda de nada. Entendi\u00f3 que hay ocasiones en que unos minutos son a\u00f1os, y que era eso lo que hab\u00eda ocurrido. Sinti\u00f3 el calambre de una vejez que en realidad estaba muy lejos y se contempl\u00f3 en el espejo del recibidor para mirarse a los ojos. A pesar del insomnio pudo reconocerse y sonri\u00f3: no se hab\u00eda visto tan joven y hermosa desde hac\u00eda mucho tiempo. El mundo recobraba su pulso y volv\u00eda a ensamblar sus piezas. Desayun\u00f3 con la radio d\u00e1ndole los detalles evitados y perdidos la noche anterior, y se acical\u00f3 tranquilamente. Ten\u00eda un negocio que atender y un embarazo del que cuidar. Se acarici\u00f3 el vientre cargado de futuro y un golpe de inspiraci\u00f3n vino a despejar su duda de las \u00faltimas semanas. Suspir\u00f3: &#8220;Si nace ni\u00f1a, se llamar\u00e1 Esperanza&#8221;.<BR><BR>Al ver un cielo de color malva y sentir el fr\u00edo del asfalto, Mario tampoco se sorprendi\u00f3 al percibir que su decisi\u00f3n hab\u00eda sido com\u00fan en muchos conciudadanos, que vagaban por las aceras arrastrando sus lamentos como sacas de carb\u00f3n. Brazos con movimientos de molino sobresal\u00edan de corrillos humanos improvisados por personas que no se hab\u00edan visto nunca. \u00c9l evit\u00f3 compartir su languidez, y tras un desdibujado y taciturno paseo comprob\u00f3 sin propon\u00e9rselo que las calles s\u00f3lo son largas cuando se camina con prisa. Lleg\u00f3 as\u00ed hasta la costa, donde enfrent\u00f3 sus ojos a un furioso oleaje que, venido del norte, consum\u00eda la playa.<BR><BR>El olor a salitre fue el preludio de una fugaz visi\u00f3n de su infancia que pronto entendi\u00f3 como no casual. Compungido ante tan encantador espect\u00e1culo, sinti\u00f3 entonces que su propio fantasma se le desprend\u00eda del cuerpo y daba vueltas en torno a \u00e9l, mezclando y confundiendo en su mente recuerdos de varias vidas, esas vidas que \u00e9l mismo hab\u00eda considerado tan remotas que nunca crey\u00f3 que volver\u00eda a revivir.<BR><BR><I>La pelota rod\u00f3 por la arena. Pies descalzos. Perseguido y pateado por todos los ni\u00f1os del mundo, ese bal\u00f3n es mi \u00fanico juguete. Todos mis amigos est\u00e1n alrededor del bal\u00f3n. Veo sus caras, veo su alegr\u00eda y la siento. Yo tambi\u00e9n me reconozco. Tantas y tantas horas durante tantos a\u00f1os. Aquel idilio, aquella simbiosis. El trascendente sentido del n\u00famero ochocientos setenta y cinco. El patio del colegio, gastado de tanto pisarlo. La ilusi\u00f3n, los sue\u00f1os tambi\u00e9n van detr\u00e1s de la pelota. Hasta el olvido sigue al bal\u00f3n, que va y viene. El orgullo, las l\u00e1grimas de la pasi\u00f3n, de la conquista. El 10, se repite el 10, siempre. Un pueblo, un pa\u00eds entero, una cultura. La sangre latina cruzando oc\u00e9anos y pen\u00ednsulas. Lo justo, lo injusto, lo incierto, lo macabro. Barrilete c\u00f3smico, de qu\u00e9 planeta viniste. Siempre arriba, siempre arriba con el pu\u00f1o en alto. Siempre la victoria, delimitando la fina l\u00ednea que distingue el bien del mal. Frutos del hijo de la tierra. Y al final&#8230;<\/I><BR><BR>Mar y viento se multiplicaron entre s\u00ed y el estr\u00e9pito que se agarr\u00f3 a las sienes de Mario le hizo temer que no iba a ser capaz de o\u00edr ni sus pensamientos. Se sobrepuso un instante al peso de sus recuerdos, cuando lo abord\u00f3 con una desconocida violencia, disfrazado de ilusoria ola descomunal, el angustioso momento en que la noticia hab\u00eda salido de una radio para atravesar su cerebro; esa noticia que no era tal sino mucho m\u00e1s, esa noticia que hab\u00eda convertido cada minuto desde aquel instante en inesperada vigilia. Volvi\u00f3 a sufrir con las palabras escuchadas y recuper\u00f3 para siempre aquellas olvidadas emociones que ahora supo indelebles. Mario Luismeda sujet\u00f3 su alma con las manos y se sinti\u00f3 el centro del universo, ajeno a que en cada rinc\u00f3n del pa\u00eds y mucho m\u00e1s all\u00e1 de aquel mar no se hablar\u00eda de otra cosa en mucho tiempo. Malditas las cuatro palabras: &#8220;El Diego ha muerto&#8221;.<BR><BR>Masticando su dolor, Mario Luismeda consider\u00f3 que aquel d\u00eda todos hab\u00edamos muerto un poco, pero palade\u00f3 el regocijo de saberse m\u00e1s vivo que nunca. Sum\u00f3 una tras otra las conciencias de sus vidas pasadas y degluti\u00f3 varias veces las cuatro palabras. &#8220;El f\u00fatbol ha muerto, Diego vive por siempre. Sean eternos los laureles&#8221;. Y con la serenidad de esa esperanza convertida en certidumbre, Mario Luismeda y su propio esp\u00edritu dieron la espalda al mar. Caprichos de la memoria, embriagador viaje en el tiempo: &#8220;Ya estoy viviendo el futuro&#8221;, sentenci\u00f3 Mario para s\u00ed mismo. Y se dirigi\u00f3 hacia su trabajo, despacio para que las calles fueran cortas, pensando en lo mucho que amaba a Natalia Llasoro. Y suspir\u00f3: &#8220;Le llamaremos Carl&#8230; si es chico&#8221;.<\/DIV><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Abrumado por un exceso de melancol\u00eda que a\u00fan no era capaz de explicar ni acaso entender, Mario Luismeda cedi\u00f3 a una fuerza que se revel\u00f3 m\u00e1s fuerte que \u00e9l y aquella ma\u00f1ana resolvi\u00f3 no acudir a su oficina. 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