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Cecilia Casado

A partir de los 50

Mi peculiar forma de hacer una maleta

Tuve un jefe –entre el abanico variopinto de los que me tocaron en suerte durante treinta y seis años de vida laboral- que decía que mi principal cualidad consistía en ser “muy apañadita”. Vamos, que organizaba rápido, bien y a bajo coste. Evité la molestia de explicarle que esa “cualidad” ya venía de fábrica conmigo y que no la desarrollé para que él se colgara medallas, pero ese es otro tema.

Una de las tareas que empaña un poco el placer de preparar un viaje es el tener que hacer las maletas eligiendo, desechando, pensando con cabeza en los detalles y separando lo importante de lo superfluo para que ni sobre ni falte y es por eso que, habitualmente, se suele dejar ese trabajo para la víspera –y así conseguir hacerlo mal y olvidar algo necesario. Como en el viaje de la vida, hay que ser “apañaditos” y pertrecharse con fundamento.

Me gusta hacer el siguiente razonamiento: ¿cuánto tiempo voy a tardar en hacer la maleta? ¿Dos horas? ¿Y no son acaso iguales esos ciento veinte minutos una semana antes de la partida que la víspera? Así que, con suficiente antelación, me meto de cabeza en esa tarea complicada y que agobia a más de un viajero. (A ver si nos vamos a embarcar en nuestro particular viaje a Itaca con lo puesto y poco más…)

 

Lo primero que hago es un listado, que más vale un lápiz pequeño que una memoria grande, e imaginar la secuencia de un día cualquiera del viaje desde que me levanto hasta que me acuesto. De esa manera me acordaré desde el gorro de ducha hasta el camisón pasando por toda la parafernalia que va desde el despertar hasta el momento de apagar la luz. Como odio disfrazarme de cualquier cosa, menos lo voy a hacer de turista, así que, vaya a donde vaya, no tengo que romperme la cabeza eligiendo prendas; me resulta más natural vestir la misma ropa que uso en mi ciudad porque es cuestión de estar cómoda en mi propio pellejo, ser yo misma en todo lugar y situación.

 La lista debe dejarse encima de la mesilla durante veinticuatro horas –como el pan de las torrijas en el frigorífico- para ir apuntando lo que se nos ha olvidado en primera instancia y cuando ya no se nos ocurre nada que añadir ni nada que tachar, poner manos a la obra.

Una maleta no se hace a saltitos, un rato libre ahora y otro mañana, sino de golpe aunque te canses porque esa noche se duerme mucho mejor con un peso menos en la cabeza, que es como hay que hacer las cosas, bien aunque dé pereza.

El día elegido para meterse en harina, es buena idea poner buena música de fondo y tener un gintonic o similar a mano para que no decaiga el ánimo según se va yendo y viniendo del armario a la maleta y de la maleta al armario y se cubican las prendas y elementos varios aprovechando los rincones. (Un truco es enrollar la ropa en vez de llevarla extendida; se arruga menos y cabe más). E ir tachando con rotulador fosforito de la lista, porque conforme se llena ésta de colorines más a gusto nos sentimos, como con la satisfacción de ver que la tarea va cumpliéndose.

 

Casi siempre ocurre que, cuando todavía quedan en la lista bastantes huecos sin tachar, nos damos cuenta de que la maleta está a tope y no cabe dentro ni un calcetín más. Es normal y no hay que asustarse. Es el momento adecuado para irse a tomar unos vinos o a dormir si es tarde. Al día siguiente la mente habrá hecho su trabajo nocturno de escaneo y selección y caeremos en la cuenta de que no nos hacen falta cinco pantalones, tres faldas y dos vestidos para una semana. Que secador de pelo hay en todas partes y el bote de champú abulta la tira; que mejor un libro delgadito y allí donde vayamos ya nos agenciaremos otro; que podemos subsistir sin el Chanel Num.5, y la crema nutritiva en tarro grande se puede cambiar a un botecito chiquitin, y así iremos sacando cosas de la maleta, aligerándola de peso innecesario.

Norma de oro es que el equipaje pueda ser transportado con facilidad, sin parecer la mula Francis. Así no tendremos que pedir ayuda para transportarlo e iremos más cómodos y seguros durante el viaje. Sobre todo nosotras, las mujeres.

Curiosamente, los hombres se olvidan la mitad de las cosas y las mujeres llevan peso y bultos innecesarios, lo que nos da una idea de cómo afronta cada sexo el viaje de la vida.

A fin de cuentas, quienes necesitan “poco” para vivir y ser felices, también precisan de muy poco para viajar; el único sitio que nunca se desocupa es el de la felicidad que va por dentro y nunca da sobrepeso en la báscula del aeropuerto.

Todas estas instrucciones de andar por casa las cuento por si a alguien le sirven de ayuda y para recordármelas a mí misma, que ahora mismo ando sacando de la maleta lo que he decidido en última instancia que no necesito llevar justo cuando faltan dos horas para empezar mi viaje.

Un viaje a casi diez mil kilómetros de San Sebastián pero al centro mismo del corazón. Un viaje de un mes de duración que va a ser una etapa de mi vida porque he de vivir cada día con intensidad y en compañía de las personas que más amo. Y del que dejaré constancia con el oportuno “carnet de voyage”. ¡Y que viva Mexico! (*)

En fin.

 

LaAlquimista

(*) Debido a los avances de la tecnología, el blog seguirá activo –espero y deseo- aunque sujeto a los avatares que conlleva toda aventura.

 

Por si alguien desea contactar:

Laalquimista99@hotmail.com

 

 

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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