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Cecilia Casado

A partir de los 50

La Semana Santa ya no es lo que era

 

Hoy me he despertado nostálgica. Me recuerda la prensa que hoy comienza el “éxodo masivo” de Semana Santa y, sin pretenderlo, mi mente ha dado un salto atrás y se ha ido a buscar recuerdos al siglo pasado. Años sesenta y setenta.

Terminada la Cuaresma, que todos sabíamos contar a pesar de no existir los Carnavales por estos lares ya que habían sido prohibidos por decreto/ley, llegaba el Domingo de Ramos. Día fastuoso en el que éramos vestidos con las ropas mejores del armario para acudir a la Iglesia a bendecir las palmas. ¡Aquellas palmas que indicaban si tenías más o tenías menos! Pequeñas, con sus rizos intrincados y el lazo rosa o azul según tocara; medianas, discretas y sencillas, para los que seguíamos llevando calcetines blancos debajo de aquellas faldas que dejaban los muslos al aire a la tierna edad de siete años. Y las grandes, con las que podías sacar el ojo a cualquier viandante, porque medían casi dos metros de envergadura. Después de bendecidas, se pasaban todo el año colgadas del balcón, símbolo de los tiempos y de la apariencia religiosa necesaria.

Las vacaciones de Semana Santa no eran especialmente bien acogidas en el entorno colegial. Precedidas de rezos, de liturgias pesadas como un discurso caribeño, de via-crucis en latín y visitas a “monumentos” –en las iglesias tapaban las imágenes santas con lienzos morados y había la costumbre de hacer el recorrido silencioso por las mismas, un plan de domingo por la tarde con tus abuelos de la mano- eran días de recogimiento que rimábamos con aburrimiento.

La televisión recién instaurada como “reina del hogar”, emitía procesiones en blanco y negro donde no se percibía la sangre. Desaparecían los anuncios publicitarios –por no estar de acorde con el espíritu de recogimiento de las fechas- y veíamos año tras año las mismas películas: la de los leprosos, la del niño que vivía en el convento de frailes y la super-producción de judíos y romanos. ¿Quién es capaz de ponerles nombre todavía…?

La radio, gran compañera de mi infancia, enmudecía de risas y canciones, llenando las ondas y las horas de rezos, plegarias y voces de curas que exhortaban al recogimiento propio de las fechas. Si no se emitían programas divertidos, era por respeto y obligación al cumplimiento de alguna ley que así lo determinaba. ¡Ay de quien se hubiera atrevido a hacer una demostración pública de alegría!

Tiempo de pasión, tiempo de dolor y sacrificio en el que REALMENTE se hacía “ayuno y abstinencia” en la ingesta de comida. Días en los que había que hacer algún “sacrificio” que nos costara bien duro para poder llegarle tan siquiera a la suela del zapato a aquel Nazareno que se dejó traicionar y matar por sus propios compañeros de partido.

Toda la vida se volvía al ralentí, como entristecida. Recuerdo a mi abuela, admonitora: “Ceci, niña, no cantes que es Semana Santa”. ¡Si hasta las contraventanas estaban entornadas para entrara menos luz en la casa…!

Y la gente daba vueltas y vueltas por la ciudad –no sé si los bares estarían abiertos o no, obviamente no era yo clienta potencial-; por parques y plazas, si hacía un poco de solecito, porque en aquella época cada mes tenía su asignación específica y en Marzo o Abril hacía frío, lluvia y viento casi con seguridad.

Benidorm acababa de inventarse, pero sólo se abría en verano. El único parque temático era el de Igeldo y también estaba cerrado. La gente no viajaba porque no tenía coche –más que los más pudientes o atrevidos que firmaban letras para comprárselo-, la gente “normal” nos quedábamos en casa, recogidos y medio asustados, a la espera de que llegara el domingo de Resurrección y terminara el tiempo de luto y dolor empático.

A mis pocos años daba ya la tabarra con la idea de que “si te mueres te has muerto y luego no resucitas”, pero a fuerza de ganarme bofetadas por decir barbaridades y desgastar a mis mayores, -“!esta niña se va a ir al infierno!”-, comprendí que en la Semana Santa se detenía el tiempo, cambiando su ritmo, y teníamos que comportarnos como estaba mandado. Es decir, como mandaba la sociedad, las costumbres, lo que estaba bien visto y lo que hacían todos los demás.

Han pasado cuarenta o cincuenta años desde aquellos recuerdos y tan sólo una cosa sigue igual, según constato a día de hoy, miércoles de Pascua: que la gente se sigue comportando “como manda la sociedad, las costumbres, lo que está bien visto y lo que hacen todos los demás”.

Y ya no digo nada porque las bofetadas pueden doler mucho más…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

laalquimista99@hotmail.com

www.apartirdelos50.com

 Foto: Amanda Arruti

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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