
Siempre cambio la piel en otoño, quizás influenciada por las hojas caducas, quizás porque el calendario se tiñe de ocres y rojos macilentos. Cambiar la piel significa para mí adecuarme al tiempo nuevo que me queda por vivir arrancándome las escaras del alma, un trabajo delicado y que reviste no poco peligro ya que corro el riesgo de llevarme en el proceso una parte de mí, algo de mi esencia que me sea imprescindible para pasar el invierno que se avecina.
A veces siento que habitan en mí esas hojas sin vida ya que penden solitarias y patéticas de las ramas de algunos árboles sin terminar de caer al suelo para fundirse con todo lo muerto, esperando tan sólo un golpe de viento, un fustazo de la vida, para desprenderse del apego que las mantiene aferradas (estúpidamente) a una rama que ya no las necesita, que ya no las quiere porque brotará algo nuevo y verde más hermoso, más necesario.
La edad me va pesando ya. Unos días me siento una vieja/joven y otros días –para mí pesar- una joven/vieja. Me gusta bailar y ya no bailo. Me gusta enamorarme y no me alcanza ningún enamoramiento. Me gustaban tantas cosas que ya no puedo hacer, que se me sustraen al deseo, que se me escapan como agua entre las manos.
¿Es esto hacerse viejo? Dicen que la vejez es la pérdida de la ilusión, de la curiosidad, del interés por la vida, la ausencia de retos, la huída de la pasión, la sangre detenida en un suspiro inevitable. Esto dicen los expertos que todavía son jóvenes, así que imagino que ellos también lo imaginan, imposible describir lo que no se ha vivido, es una arrogancia imperdonable…
Sin embargo, cada año, cuando voy mudando la piel vieja para dejar que brote algo nuevo en mi interior siento que se me hurtan posibilidades y no puedo evitar sentirme rabiosa de alguna manera.
Me gusta bailar y ya no bailo porque no tengo quien me lleve a bailar. Me gusta enamorarme y ya no me enamoro porque los hombres tienen reparos en acercarse a mí. Me gusta viajar y ahora tengo que hacerlo sola porque mucha gente tiene miedo de gastarse los ahorros por temor a un futuro que ya no les va a alcanzar aunque ellos no lo sepan.
Hay un código no escrito, nefasto, contundente e injusto que dice lo que “se puede y no se puede hacer” a partir de cierta edad. Ni qué decir tiene que me lo voy pasando por el forro siempre que puedo, pero…¡no siempre lo consigo!
Es por eso que tengo que mudar la piel este año con más fuerza, a tirones si es preciso, para darle un respiro a mi espíritu, para que tome aire, fuerza, carrerilla, deseo y necesidad de renovarse, de volver a nacer en brotes verdes (aunque sean verde oscuro), aunque sean diminutos –con ilusiones menores y afanes empequeñecidos por la edad-, pero que vuelvan a nacer, que no se rindan, que no se abandonen a la suerte de la ausencia de ilusiones que, para mí, es como morir en vida y antes de tiempo.
Este otoño que termina ha sido muy duro en lo emocional. He tenido que afrontar una dolorosa despedida y otra no menos triste pérdida. He llorado mis duelos y sobrellevo mal que bien (más bien que mal porque me cuesta el mismo esfuerzo) alguna impuesta soledad en lo físico y en lo anímico. Pero el proceso está en marcha, he vuelto a darle al botón de “regenerar la piel” y dentro de poco, dentro de nada ya, llegará la noche más larga que pasaré abrazada a mis sueños y al anhelo de ver a mis seres amados felices y sonrientes.
Para volver a ser feliz yo misma y compartir con ellos me volverá a crecer la piel, sana y fuerte, resistente y preparada para un nuevo ciclo que no sé cómo será pero que me reconforta saber que llegará.
En fin.
LaAlquimista
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