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Cecilia Casado

A partir de los 50

Vivencias mexicanas de una donostiarra

A fuerza de visitar este hermoso país mexicano voy aprendiendo (que no aprehendiendo) algunas de sus costumbres y salpicándome un poco de una cultura que tan sólo tiene en común con la mía el idioma que los “conquistadores” españoles les impusieron (¿inventores del modelo bilingüe?) hace ya más de quinientos años. Y ni siquiera el idioma nos hermana –por mucho que digan- ya que modismos y palabras hay que se dan de bofetadas en cuanto a su significado a pesar de aparentar ser homónimas. En realidad no creo que los españoles hagamos mofa de cómo los mexicanos hablan el idioma español, pero ellos sí que se parten la caja escuchándonos a nosotros. Y creo que han establecido esas diferencias para poner barreras, para “enriquecer” una lengua que no era la de sus antepasados sino de quienes masacraron a sus antepasados.

Así nos dicen “gallegos” con un desprecio que la Xunta tendría que tomar cartas en el asunto (si el asunto les interesara lo más mínimo, claro está). Y te lo tragas, cuando te dicen “gallega”, al igual que tantos otros se tragan que el españolito de a pie llame con nombres despectivos (que me niego a repetir aquí) a emigrantes centro/sudamericanos que vienen a España buscando trabajo. Si los españoles imaginamos al mexicano tocando la guitarra en un mariachi y cantando corridos, ellos también tienen derecho a pensar que en España andamos todos dando palmas y bailando flamenco. Tópicos dañinos, qué duda cabe, aunque evitables con dos dedos de frente.

El mexicano ha adaptado el idioma español a su gusto y necesidad: al manillar le dicen manubrio. Al altavoz, bocina. A la rueda, llanta, al volante, guía y al portaequipajes, cajuela. Conducir es manejar y los coches son carros. Tomar es beber, almorzar es comer y comer es cenar. Un lío en toda regla a la hora de tener hambre, desde luego. Pero la palma se la lleva el verbo por excelencia que usamos en España como si fuera un auxiliar comodín. Ahí estamos nosotros –para regocijo, sorpresa y burla de los mexicanos- cogiendo el autobús, el tren, el avión, la leche y las latas de pimientos en el supermercado, el bolso, las llaves, el móvil y la cartera; cogemos las cosas al vuelo, cogemos las cosas con pinzas, cogemos al ladrón (aunque luego no le mandemos a la cárcel) y al mentiroso, y en definitiva, todo lo que hace falta coger en esta vida. Ellos se asombran de nuestra mala educación y nos miran con condescendencia cuando nos escuchan porque, por si a alguien le queda alguna duda, “coger” no significa más que una cosa en español/mexicano: follar. Y claro, así todos nos reímos como críos con el caca/pedo/culo/pis…

Aquí -en Yucatán-tampoco puedo ir a dar un paseo tranquilamente por calles donde haya tráfico so pena de quedarme parada en los cruces a la espera de la benevolencia de algún conductor santurrón que me ceda el paso o a que no se vea ningún auto en lontananza lo que puede ocurrir o no puede ocurrir en veinte minutos. La alternativa es que te atropellen sin remisión porque frenar, lo que se dice frenar, ni se les pasa por la imaginación. Obviamente, con mi cultura donostiarra de que un paso de cebra es tan respetable como lo era “acogerse a sagrado” en la edad media he estado a punto de tener un buen disgusto traumatológico en un par de ocasiones amen de haber suscitado bocinazos y blasfemias diversas sobre mi persona y las generaciones precedentes hasta los tiempos de Hernán Cortés.

Hablando de los “conquistadores” que masacraron este país, el de arriba, los de enfrente, los de al lado y los de abajo. Esos europeos bárbaros, anglosajones, españoles o portugueses que hicieron lo que hicieron porque era la época en que se invadían países para quitarles las riquezas, -exactamente igual que ahora por cierto- se me quedó grabada una contestación que le dio un español a un mexicano que le “recriminó” que sus antepasados hubieran perpetrado tantas fechorías en su amado país.

Mis antepasados se quedaron en casa tranquilamente –le respondió el español al mexicano-; fueron LOS TUYOS los que hicieron todo esto”. Y aquí paz y después gloria, obviamente.

Ni España es “la madre patria”, ni mexicanos y españoles somos “hermanastros” (excepto cuando “la Roja” ganó el campeonato mundial de fútbol que muchos mexicanos se quejaron con la boca pequeña). Hay una herencia espuria que está latente en el inconsciente y que es difícil que no surja en un momento determinado. A fin de cuentas, a mí tampoco me haría demasiada gracia tener rasgos árabes en vez de los que tengo, pero ahí está la Historia para recordarla y, quién sabe, “enmendalla” no volviendo a repetir los mismos errores.

Y las diferencias están ahí porque son de pleno derecho y conforman la idiosincrasia de cada pueblo y no sirve de nada pensar que somos casi iguales porque hablamos el mismo idioma. Por cierto, una tortilla (de las de huevos) en Mexico es una omelet. Y a un bocadillo se le dice baguette. Y a las “señoras” se les llama “damas” así que será que los franceses también anduvieron por aquí haciendo de las suyas… y los han borrado de los libros de texto.

Y para terminar –con vergüenza ajena- dejaré el apunte de que México es un país NORTEAMERICANO. Al igual que Canadá y los EEUU. Y quien tenga dudas (que parece que las hay por arrobas, que mire en Google Maps)

En realidad, aquí o allá, los humanos tenemos los mismos defectos -egoísmo, vanidad, incultura- y tan sólo coincidimos en algunas virtudes.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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