Mal que nos pese formamos parte de una cultura que se ha sustentado en parte en la aceptación de aquello que nos hace daño como si fuera algo ineluctable. Empezando por el casposo “valle de lágrimas” de nuestras abuelas, siguiendo por el colorido “lo que no te mata te hace más fuerte” de nuestra época pseudo new age y terminando por el odioso y aceptado socialmente concepto de “es lo que hay”.
Disiento a manos llenas y lo hago desde el conocimiento personal e intransferible –que queda bonito llamar “empírico”- de que lo que nos duele interiormente suele ser un “dolor del alma” que se sustenta en nosotros mismos, es decir, se autoalimenta y se autofagocita en un bucle sinfín, una especie de mecanismo infalible que nos mantiene atados al propio sufrimiento con el convencimiento de que así tienen que ser las cosas y no pueden ser de otra manera.
Por supuesto que quien sufre merece respeto. Incluso si el sufrimiento es provocado, aceptado y consentido. ¡Quién es nadie para decirle al de al lado cómo tiene que vivir (o sufrir) su vida!
Sin embargo, demasiadas veces se sufre innecesariamente, en muchas ocasiones está en nuestra mano el “medicamento” que podría liberarnos de ese dolor que llevamos instalado ahí, en ese oscuro rincón del alma a cuya puerta no nos atrevemos a llamar.
“Los tumores cancerosos no duelen por ellos mismos, los que duelen son los órganos sanos que son comprimidos por los tumores cancerosos; creo que se puede aplicar esta misma explicación a la enfermedad del alma”. “Todo lo que me duele es mío, mi enfermedad forma parte de mí, soy yo, así que no puedo odiarla”. Del libro “De vidas ajenas” de Emmanuel Carrère.
Esta frase de la obra citada me revolvió las entrañas y me dejó reflexiva durante más tiempo de lo habitual. “La enfermedad del alma”, -decía Carrère-, ese malestar que nadie se libra de padecer en algún momento de su vida, esa angustia que sube desde lo más profundo y que aprieta allí donde más nos duele aunque el cuerpo se oponga con todas sus fuerzas. La lucha está perdida, tiene más poder esa corriente de energía disfuncional que ningún médico es capaz de diagnosticar, ese “algo” que se siente y no sale en la analítica, ni detectan las ecografías ni ninguna prueba médica al uso. El “dolor de alma” es algo que callamos por miedo a la incomprensión, a la burla incluso.
Eran males de poetas románticos –dirán algunos- o el desequilibrio de los locos que no saben ni lo que dicen ni lo que sienten. Eran los oscuros pensamientos de los que se dejaban caer en los túneles oscuros de cualquier depresión; ese “no sé qué me pasa”, “no sé qué es esta angustia que siento”, pero que está ahí, doliendo de forma física, produciendo dolor de cabeza o mareos o insomnio o desasosiego general. Los médicos, supongo que con la mejor intención, recetan los populares ansiolíticos que quien más quien menos tiene en la mesilla al alcance de la mano como remedio in extremis para eso que duele y no se sabe qué es.
¿De verdad que no sabemos por qué nos duele el alma? ¿O es que nos da pánico absoluto ponerle nombre a nuestro dolor? Quizás sea porque llevaría de la mano una necesaria autocrítica, un humilde reconocimiento de los errores cometidos y, para rematar, un más que previsible lavado de conciencia.
En vez de seguir echando la culpa a “los otros” de todo lo que nos pasa, igual deberíamos darnos cuenta de que nosotros también formamos parte del grupo de “los otros” para los demás, que estamos todos en el mismo barco, haciendo agua, y con la rueda del timón salida de su eje. Las ratas hace mucho que lo abandonaron y nos hemos quedado solos, con los dolores del alma como único bote salvavidas. Quizás no sea demasiado tarde todavía… Habrá que pensarlo.
En fin.
LaAlquimista
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Fotografía: Cecilia Casado
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