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Cecilia Casado

A partir de los 50

Paranoia y redes sociales

 

Una tiene que adaptarse a ser “hija de su tiempo” y no quedarse amarrada ni a los sueños que alguna vez tuvo ni a los amores por los que una vez tembló. Poesías aparte, hablo de entender, aceptar y utilizar las herramientas del presente para socializarse, concepto que suele caer en barrena conforme se va acumulando el polvo de los años.

¿Qué mueve hoy en día a tantos adultos mayores a despreciar las redes sociales a pesar de la fuerza de tsunami que provocan? Estar y conocer, saber y compartir, para opinar y reflexionar… nunca está de más. ¿Acaso imagina alguien que políticos, mandatarios, sociólogos, expertos o empresarios de altos vuelos dan la espalda a Facebook, Twitter, Linkedin, Instagram y demás etcéteras? Sería tan raro como que alguien no quisiera tener un teléfono móvil al alcance de su mano.

Por eso “discuto” con la gente que pone cara de asquito cuando les pregunto si están en una determinada red social como si les preguntara si tienen piojos y me sorprenden los comentarios despectivos sobre las redes sociales, como si los usuarios fuéramos viciosos vergonzantes o adictos a algo éticamente reprobable.

¿Somos más o somos menos importantes como individuos gracias, o a pesar, de las redes sociales? ¿Tiene algún sentido real y positivo enajenarse de las mismas como si se tratara de un virus contagioso?

¿Qué se puede ganar teniendo menos información? ¿Soy más íntegro rechazando los avances de mi época?

Me pregunto si estas mismas personas, que pueden llegar a ofender  con su desprecio, tienen la misma actitud ante el médico que les receta un nuevo fármaco para mitigar sus dolores físicos o penas del alma. Me pregunto si rechazan el coche de bello y rompedor diseño que aparca solo, si tuercen el gesto ante la lavadora que deja la ropa como nueva o si siguen teniendo en casa un televisor de los que pesan veinte kilos y sin mando a distancia.

Dicen estas personas que no quieren saber nada de las redes sociales porque “quitan intimidad y espían y comparten tus datos”. Pues claro, nadie da nada gratis, pero a cambio de “secuestrar” la intimidad que quieras compartir y cuyos limites tú mismo decides, te dan la posibilidad de incorporarte a una extensa bolsa de trabajo, contactar con personas de todo el planeta, visitar virtualmente espacios que quedan lejos o, mucho más prosaico el tema, vender lo que te sobra o comprar lo que te falta -o incluso contactar con el próximo “amor de tu vida”.

Les quiero recordar a estos fóbicos de la tecnología punta y su rama social que yendo por la calle nos están grabando en casi todo momento con las cámaras de edificios oficiales, negocios, hoteles, bancos o gasolineras, parques y paseos, calles y avenidas, sumando a éstas las que instalan particulares para proteger su territorio a base de grabar los pasos de los demás. También recordar que el ciudadano de a pie se ha convertido en un “reporter Tribulete de pacotilla” siempre con su “cámara a mano” para tomar constancia gráfica de todo aquello que le apetezca o le llame la atención: lo mismo si se cae un anciano al suelo y se parte la cadera como si una persona desgraciada decide saltar desde la azotea y estrellarse contra el pavimento dos metros más allá del propio teléfono móvil.

Creo que es mucho más humano aceptar el tiempo en que vivimos –aunque haya mil cosas que nos desagraden por absurdas o exageradas- que enrocarse en el bucle del inmovilismo tecnológico, que puede degenerar en la cerrazón de pensamiento a poco que uno se descuide.

Siempre queda el libre albedrío de intentar separar el grano de la paja, elegir con cuidado qué creemos nos conviene más y ser consecuentes con ello. Que no pasa nada por compartir cuatro fotos con los amigos, que no somos tan importantes como para que los servicios secretos de ningún país hackeen nuestro ordenador para conspirar en nuestra contra, que Hacienda nos vigila mucho más sibilinamente –y de manera más efectiva-, que los rádares de Tráfico controlan nuestro coche en cuanto pasamos de 50 en los puntos clave donde saben que vamos a ir a 60, que los vecinos se fijan a quién se mete en casa por una noche y sacan fotos de la ropa que se cuelga en los tenderetes o miran de reojo la basura que se tira.

Ya estamos todos un poco paranoicos, esto sí que es el signo de nuestro tiempo.

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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