Cuando ya andaba por los setenta mi padre solía justificar sus deleites gastronómicos con la siguiente frase: “Total, hija, para un placer que me queda…” Y de tanto escuchárselo repetir un día le apostrofé: “A ver, papá, lo dices… ¿por el sexo?”. Silencio. Más silencio. Caray, yo tenía entonces treinta y tantos y dos hijas, a ver si vamos a seguir toda la vida utilizando eufemismos…
Me explicó, después de carraspeos varios, que no es que el hombre –y seguro que cuando decía “el hombre” no estaba utilizando el masculino genérico sino el masculino particular, renuncie a las prácticas sexuales sino que la naturaleza, en su bendita sabiduría, lo libra de dicha “esclavitud” en un momento determinado. Mi padre siempre me hacía reír, incluso cuando quería ponerse serio.
Pero ahora que ya he cumplido los sesenta y veo alrededor posturas raras –y no precisamente kamasutrianas- con respecto a tamaño tema… me acuerdo de mi padre y de su discreta sabiduría.
Tengo alguna amiga que se congratula de no tener “ganas de hacerlo” más. Entonces le pregunto si es porque su marido ha traspasado una barrera sin retorno en el tema y no puede… Suspira profundamente y respuesta me da: “A ver…”
Pero también tengo otra amiga que, después de diez años divorciada, se ha vuelto a enamorar –a los 55- de un hombre de su edad y se pasan el tiempo libre en la cama. ¿En qué quedamos?
Mis hijas, angelicos del señor, dan por sentado que su madre –es decir yo, con mi cuerpo serrano y mis ganas de vivir- no tengo vida sexual o no tengo por qué tenerla. Y cuando hago alguna alusión más que intencionada sobre el tema se ponen visiblemente nerviosas y o bien lo obvian o lo rechazan abiertamente. Como yo no me callo ni debajo del agua alguna vez he saltado. –“¿Qué pasa? ¿Es que os creéis que aquí sólo lo hacéis vosotras? ¡Que todavía no tengo telarañas en el cerebro…¡”
Hace unos años –cuando estaba casada- procurábamos no hacer ruido para que los niños no se enterasen antes de tiempo del fin que tenían las cabriolas y los jadeos en el dormitorio de sus padres; ahora parece que hay que esperar a que se vayan de marcha para poder echar un kiki tranquilos. Hemos cerrado el círculo, maldita sea. Y dejamos que sean ellos los que enarbolen los prejuicios como arma contra nosotros sin darse cuenta de que, algún día, también se volverán contra ellos. ¿Es acaso eso lo que nos ha pasado a los de nuestra quinta?.
Pero no hay manera. Lo peor, lo horrible de los prejuicios es que se transmiten generacionalmente y, en este caso, no es herencia genética sino educacional y social. Consultado el caso con amigos que tienen hijos en los veinte o los treinta años me cuentan más o menos lo mismo, que sus hijos los han colocado irreversiblemente en el cajón de los “no operativos sexuales” y punto pelota.
Yo prefiero reír como se reía el perro pulgoso y dejar que piensen lo que quieran, pero esa actitud tan sólo me dura el primer cuarto de hora; luego me doy cuenta de que tengo que sacarles de su error, contarles la cruel verdad, enfrentarles a la realidad, y sobre todo, reivindicarme, que a partir de los cincuenta hay sexo, vaya que si lo hay, tanto o más que el que puedan tener ellos con su pareja –calidad vs cantidad- y eso sin hablar de cuando se enfadan (y no lo hacen), cuando están cansados de esas jornadas maratonianas (y no lo hacen), cuando les asalta el horroroso miedo a embarazarse antes de tiempo (y tampoco lo hacen).
La menopausia nos pega un buen palo a las mujeres, pero no nos quita las ganas de hacer el amor o practicar sexo. Claro, contando que haya quien esté bien dispuesto a ello. A mí me encanta o me chirría –según el ánimo- constatar la estupefacción de algunas personas más jóvenes. Así cada cosa está en su sitio.
Había que decirlo.
En fin.
LaAlquimista
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*** Cuadro. Salvador Dalí “El enigma del deseo”