Cuando llevas una vida estresada y acabas todas tus jornadas cayendo en la cama como si fuera el descanso eterno, el concepto “vacaciones” es la única tabla de salvación a la que puedes agarrarte.
Creo recordar que así fue en mi vida durante muchos lustros. Pero cuando el alma se serena y jubilas el reloj y la prisa y comprendes que todos tus días son “víspera de fiesta” desaparecen del esquema mental postales de colores y sueños comprados a golpe de tarjeta de crédito. Rascas la superficie y aparece lo que de verdad importa: lo que a cada uno le mueve por dentro para seguir sonriendo a la vida.
Aprovecho parte de las vacaciones de mis hijas para compartir amor en su compañía; ellas dejan de lado por un tiempo su rutina, sus prisas y la lucha por llegar al mismo sitio donde yo quise una vez llegar -que ya no me acuerdo cuál era- y se acercan unos días al nido que les dio el primer calor y el primer empujón para volar.
Lo llenarán de risas y sonrisas, de voces cantarinas y algún que otro llanto de la chiquitina -“los bebés se expresan sin tapujos-, la casa se pondrá “patas arriba” en un amoroso caos que seguramente me removerá nostalgias, habrá despertares pausados y muchos besos de buenas noches.
Vacaciones y amor. Como en aquellos tiempos en que los períodos de descanso los compartía con quien amaba; primero con mi pareja, luego con mis hijas. De la mano de algún ser querido, en una compañía que creí imprescindible y eterna, se deshojó el calendario en una vida que estuvo compartida, nunca solitaria, ni por fuera ni mucho menos en el interior que es, a fin de cuentas, donde se guarda la verdad que nos define.
Luego la biografía continuó a salto de mata, a veces bien acompañada, otras veces en soledad pura y dura, que no por ser elegida deja de ser una forma diferente de vivir en contraste con lo que estaba acostumbrada. Las vacaciones dejaron de ser “familiares” y se convirtieron en una especie de maratón viajera para llenar de sellos el pasaporte y los huecos del corazón con el convencimiento de que visitar confines lejanos y diferentes me aportaría tanta paz y descanso como quedarme sentada sintiendo la caída de la tarde en la mera puerta de mi casa.
Ahora llegarán mis amores de verdad a vivir “sus” vacaciones a mi lado. Algún día recordarán ellas también con su peculiar nostalgia, el tiempo de verano pasado en la casa que las vio nacer, durmiendo en “su cuarto” aunque con cama nueva, decoración cambiada e incluso con diferente “aroma”.
Porque ya habrán aprendido que nada es inmutable, que lo que nos esforzamos porque no cambie se da de bruces con el caminar cotidiano que no es dos días seguidos igual a sí mismo.
Mirarán mis hijas por los ventanales de su infancia una ciudad que les parecerá mucho más pequeña porque ellas han crecido y recorrido el mundo conociendo grandes urbes. Y yo las miraré a ellas y a mi hermosa nietecita sintiendo que soy yo la que se ha hecho un poco más pequeña desde la perspectiva de los años vividos con una celeridad inimaginable.
Estas son mis vacaciones de verdad, los días que paso en casa al amparo de las mujeres de mi pequeña familia y del amor que compartimos entre nosotras. Vacaciones de desayunos demorados, de playa o monte, de paseos por los parques, de comida casera con siesta de postre. Vacaciones de risas sin prisas para reajustar los engranajes afectivos y concentrar las emociones; una “recarga de pilas” para capear los kilómetros que nos separan y que se me clavan como aguijones.
Vacaciones con la agenda bloqueada, mi prioridad absoluta está definida por “imperativo” amoroso.
Nos volveremos a encontrar “a la vuelta”.
Felices los felices.
LaAlquimista
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