Es un peluche pequeñito que cabe en cualquier bolso. Un conejito simpático que me regalaron mis hijas hace ya muchísimas lunas, cuando andábamos de viaje las tres juntas –qué tiempos, qué nostalgia, qué felices éramos- y que dieron en llenar de besos al despedirse. -“Para que no te sientas sola, ni triste”, dijeron. Y “conejito viajero” fue así bautizado y empezó a recorrer mundo sin pasaporte visitando pirámides, puentes y relojes famosos, torres de todos los estilos y tiempos y sentándose a la mesa conmigo para roer sus zanahorias imaginarias.
Lo de llevar un “peluchito” en el bolso es una de esas tonterías llenas de significado que se nos ocurren a las personas que hemos tenido la valentía de “resucitar” a la niña que llevamos dentro y que, por aquello del paso del tiempo y los convencionalismos inútiles, habíamos dejado relegada a un lugar frío y oscuro del archivo emocional.
Cuando “conejito viajero” me pidió que le sacara una foto en Jerusalem, en la plaza del muro de las lamentaciones, con un soldado israelí armado a un lado y otro soldado árabe armado a pocos metros, tuve que explicarle que la gran hipocresía del mundo consiste en rezar dándose cabezazos contra una pared o contra el suelo y al terminar disparar para matarse mutuamente en nombre del dios de turno. Ni qué decir tiene que esa foto no se la hice.
En otra ocasión estábamos en lo alto de los restos de piedra mayas en los aledaños de una vieja selva y fue él quien no quiso que le expusiera a las viejas –y nunca disueltas- energías de tanta muerte, tanta sangre derramada y dolor provocado en nombre…de otros dioses. Fue en Chichén Itzá hace varios años, pero “conejito viajero” se acordaba, debe tener buen olfato, porque al volver al país de los aztecas y pisar Teotihuacan volvió a hacerme el mismo “numerito”; no quería posar en sitios donde se hubieran masacrado a seres humanos.
Su actitud nos dio mucho que hablar y que reflexionar. ¿Por qué está considerada una aberración turística visitar los campos de exterminio nazi y no así las pirámides mayas y aztecas desde la que se realizaban sacrificios humanos?
El último año no hemos salido de la vieja Europa: el pobre se agarró tal tiritona por el frío de Berlín que acabé abrigándolo con uno de mis guantes de lana. En Praga lo pasó mejor porque disfrutamos de una primavera de ensueño y además se le nota más feliz cuando viajamos en familia. Pero donde es feliz de verdad es en el “otro mar”, noto que le gusta el calorcito y los aires mediterráneos y estar todo el día al aire libre contando las hormigas del jardín.
Una vez tuve un desliz imperdonable olvidándolo precisamente en esa casa. Acabábamos de regresar de un viaje a Londres y, en la vorágine de equipajes, se me cayó del bolso y se quedó pillado entre la cabecera de la cama y la pared. No me avisó, quizás cansado de tanto andar dando vueltas, y ahí estuvo, nueve meses solo. Seguramente tendría muchísimo tiempo para pensar… porque cuando pude por fin volver y buscarlo y encontrarlo con una fina película de polvo e indiferencia sobre su cuerpo, supe que tendría que soportar su mudo reproche durante unos días, hasta volverlo a llevar a ver el sol y tomar el aire y oler el mar y los mojitos del chiringuito y sentarse ante un plato de buena fideuá.
A veces hacemos algo similar con las personas: las olvidamos simplemente y cuando nos damos cuenta de que no están a nuestro lado caemos en la cuenta de que, quizás hayamos sido nosotros mismos los que hemos demostrado poco interés en seguir cultivando la amistad, olvidándonos de hacer crecer el cariño, dejando de trabajar la relación. Pero con las personas no se debe actuar como con “conejito viajero”, sacudirles el polvo y hacer como si no hubiera pasado nada, no. No es justo ni decente.
Esta pequeña historia me sirve para reflexionar… y para espabilarme la memoria ya que este año está siendo pródigo en “olvidos”. Así que cuando tenga que volver a hacer las maletas tendré buen cuidado en no olvidarme de mis buenos y simpáticos compañeros de viaje; de ningún “pelaje”.
En fin.
LaAlquimista
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