Mucho se ha hablado de esta herencia italiana de nombre tan romántico, pero que pocos o muy pocos son capaces de entender bien y practicar mejor. Siendo como son muchas y variopintas sus interpretaciones, lo mejor supongo es que cada quien se monte la feria como mejor le convenga.
Una traducción literal quedaría coja y poco comprensiva en castellano, pero la idea creo que todos la pillamos: hacer nada y no sentirse culpable, dedicar el tiempo de ocio a la contemplación de las musarañas, aburrirse sin remordimiento de conciencia, -lo que hace Hommer Simpson en el sofá de su casa-, dejar la mente en stand by, sumergirse en un silencio interior, provocar la ausencia de actividad… lo que uno quiera, en definitiva.
Lo que ocurre es que esta idea o costumbre no es el paradigma de nada; quiero decir que suele ser muy difícil identificarnos con el concepto de “dulce no hacer nada” porque, literalmente, somos IN CA PA CES.
Para empezar ocurre que estamos sobre activados en todo momento –por lo menos mientras no dormimos ya que la actividad cerebral durante el sueño también tiene sus bemoles y entresijos- con el tema de la inmediatez tecnológica y el contacto continuo con los grupos de whatsapp o los avisos de Twitter. Pudiera parecer una exageración, pero no hay más que mirar alrededor –en la calle, en el bus o metro, en un bar, restaurante, concierto…¡hasta en el cine!,- los dedos bailan sobre la pantalla del smartphone y aprovechan las terminaciones eléctrico/nerviosas del cerebro para no parar ni un instante de “hacer algo”.
Es por eso, digo yo, que el mero concepto de “hacer nada” (far niente) nos resulta incomprensible o por lo menos tan difícil y lejano como la física cuántica o la política de algunos partidos. Pero ya indica el enunciado del asunto que debe ser “dulce” (dolce), es decir, algo agradable, liviano, que deja buen gusto en la boca y una sonrisa meliflua en la cara, eso sin contar con los beneficios más o menos espirituales de la cosa.
Y, sin embargo, la realidad pura y dura es que NO. Que ni sabemos, ni podemos, ni queremos. Que esas tonterías son para los que tienen mucho tiempo que perder o pocos amigos o son unos pringados a los que nunca les apetece hacer un buen plan. Ahí están las legiones de humanos activos, super-activos, hiper-activos y mega-activos, sí, esos que no pueden parar quietos sin hacer nada, que buscan y rebuscan cincuenta minutos después de trabajar ocho horas para ir a hacer alguna actividad que les ayude a desfogarse del agobio mental y el estrés acumulado haciendo cosas que se han convencido les gusta hacer. Son los que van a correr, al gimnasio, a patinar, a dar ocho vueltas a la manzana paseando al perro, los que no saben estarse quietos sin hacer nada ni un minuto y –por lo menos a mí- cansan a quien tiene al lado por esa exageración (a mi entender) de “cosas que hacer”.
“Hacer nada” y encima disfrutarlo, ahí es nada, menuda sabiduría y menudo descanso para el cuerpo, para la mente y para el espíritu.
“Hacer nada” sintiéndose realizado, mirar por la ventana y pensar un rato –sí que hubo un filósofo que dijo que el mundo iría mucho mejor si el hombre aprendiera a estarse quieto, pero no me acuerdo ahora de quién fue y me da pereza mirarlo en Google-, pensar en que no hay necesidad de pensar en nada, tan sólo dejarse sentir un rato, a ver qué cuenta el cuerpo, seguro que se relaja rápidamente, incluso adormecerse un ratito, qué gozada, sin mirar el reloj -¿qué reloj?- y sentir que la vida está ahí, en el interior, disfrutona y dejándose disfrutar; que suene el teléfono y un amigo nos pregunte: “¿qué haces?” y tú –caso de que hayas contestado- le digas: -“NADA”, y te quedes contento, satisfecho, despreocupado y feliz.
Los orientales nos llevan siglos de ventaja en esto de “quedarse en blanco” gracias a las técnicas de meditación y a la presencia plena. Hemos querido imitarles, pero no creo que hayamos tenido demasiado éxito en general, nosotros seguimos llamando “vagos” a los que deciden quedarse quietos, tranquilos, serenos…
Estoy apuntada a un curso intensivo de “dolce far niente” desde hace ya varios meses; la profesora dice que soy su mejor alumna y yo digo que ella es mi mejor enseñante. El efecto reflejo/espejo/bumerán funciona de maravilla para estas cosas…
Creo que me he cansado un poco intentando compartir esta idea y esta pequeña experiencia así que voy a ponerme en modo “off” o modo “zen” las próximas horas.
En fin.
LaAlquimista
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