La verdad es que mis esquemas mentales van cambiando de año en año casi sin que ponga de mi parte más esfuerzo que el de dejarles ir “a su bola”. Voy constatando que, así como durante años llegaba el nuevo curso y ya andaba preocupada con apuntarme aquí y allá, que si a la Inteligencia Emocional, al Arte Contemporáneo o a la Escritura Automática, ahora se abren las matrículas y no se me mueve una pestaña para apuntarme a nada.
¿Qué me ha ocurrido para perder el interés casi de golpe por todo lo que durante muchísimo tiempo fue importante para mí? Pienso y pienso en ello hasta que, por fin, encuentro una respuesta que me satisface, aunque esa satisfacción pueda durarme bien poco, ya me conozco, me contradigo y me quedo tan tranquila.
El caso es que cuando estaba en el mercado laboral sentía que el tiempo libre o de ocio había que ocuparlo de alguna manera más productiva que dedicarme a la holganza pura y dura -sin contar la lectura de libros y el visionado de películas-; una especie de gusanillo interno que me empujaba a hacer algo, no sé, aprender a cocinar lentejas o meterme en un taller de teatro amateur disparatado o decidir que quería aprender a bailar los ritmos que jamás de los jamases me habían importado un comino. Modas. Tonterías. Paliativos.
Y claro, que si los martes y jueves de siete a nueve de la noche de Octubre a Mayo y los lunes de cinco a siete por cuatrimestres separados, para luego darme cuenta de que, cada vez que me salía otro plan, un concierto, una obra de teatro, la escapada entre semana, el viajecillo fuera de fechas o, simplemente, el cansancio de un catarrazo, tener que dedicarme a sopesar qué me interesaba más: si el plan imprevisto y goloso o la obligación de asistir a clase, !que para eso había pagado mis buenos maravedíes! Eso sin contar que mayormente- había que pagar los cursos enteros al comienzo quedándote únicamente el recurso al pataleo si estos no respondían a tus expectativas.
Así las cosas, ya el año pasado dejé casi todo mi calendario en blanco, no me apunté a nada de nada externo, con la excepción del Círculo de Mujeres que es algo personal e intransferible cada quince días. Me di cuenta de que no necesitaba en absoluto tener la agenda del otoño/invierno/primavera repleta de actividades que me ayudaran a llenar el tiempo o vaciar la mente. Una nueva parcela de sensación de libertad se abríó ante mí.
Lógicamente, al tener la agenda como el desierto del Kalahari, cada nuevo plan que surgía en lontananza era bienvenido. Nada de mirar a ver si estaba disponible porque… !estaba disponible!. De esa manera tan sencilla y resolutiva me fui una semana en Noviembre a Berlín sin haberlo previsto apenas y otra semana a Praga en Abril cuando acabó el tiempo vacacional oficial; pude acudir con mis amigos a cuanto evento fue apareciendo en el horizonte sin tener que faltar a ninguna clase. Me convino todo el rato quedar a cenar un miércoles o a comer un jueves, liberada mentalmente del: “mañana tengo clase y no debo faltar”. Ahora mismo estoy preparando maletas para celebrar el comienzo de curso con otra escapada por Europa, de esas con billetes baratísimos por haber terminado la temporada oficial.
!Si es que no tengo nada planificado! Y, precisamente por ese motivo, puedo apuntarme a cualquier plan que me guste en el momento, con la tranquilidad de la inmediatez ilusionante …
¿Me voy a sentir más segura sabiendo que de aquí a Junio ya tengo todo el pescado vendido? Pues, ya no. La vida ya no la voy a seguir planificando en tanto en cuanto pueda evitarlo; quiero improvisación alegre, ilusión por sorpresa, poder decir que sí cuando me requieran sin el rollo ese tan feo de: ya tengo un compromiso contraído con anterioridad.
A fin de cuentas, para qué vamos a engañarnos, la vida puede cambiar en un instante, lo sabemos aunque nos convenga hacer como si no lo supiéramos…
!Quién me ha visto y quién me ve! !Cuán cierto es que mucho se cambia con los años!
En fin.
LaAlquimista
https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com