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Cecilia Casado

A partir de los 50

Nivel de consumo bajo mínimos

 
No sé qué me pasa este año que se acerca la Navidad y no tengo ganas de comprar nada. Paseo por las calles atestadas y veo a mis congéneres entrar y salir voraces de las tiendas como hormigas del hormiguero; les miro y no me miran, ni siquiera me ven los conocidos, atentos a su T.O.C. particular típico de estas fechas: comprar, comprar y comprar.
Me detengo a pensar apoyada en la barandilla, frente al mar, barra libre de turistas después de la avalancha de los últimos días; me gusta esto de mirar al mar y dejar volar mi pensamiento como si estuviera en auténtica libertad y no condicionada por el entorno publicitario, propagandístico y consumista que acecha por doquier. Es gratis, es agradable, no engorda y deja buen sabor de boca.
Así que constato que, curiosamente, este año tengo mi nivel de consumismo por debajo de la raya, es decir, bajo mínimos. Vamos, que no me apetece comprar nada, ni que me regalen nada, porque, sencillamente NO NECESITO NADA. Hago un rápido repaso de mis armarios y, -¿debería sentir vergüenza?- resulta que TENGO DE TODO. No podría acarrear un bolso más, una pashmina de otro color, un nuevo perfume, otros pendientes étnicos, una mochila de marca…
Entonces pienso en decir a aquellas personas que me hacen regalos y a las que se los hago por estas fechas que mejor dejamos de ser inconscientes y dedicamos ese dinero –mucho o poco- a colaborar con alguna empresa humanitaria o similar. No pensando en desgravarnos de Hacienda en la próxima declaración de IRPF, sino sintiéndolo desde el corazón…o desde la mente.
Pero sé que no va a ser posible, que no va a funcionar mi peregrina idea (que no es de ahora, que ya la intenté poner en práctica otros años, proponiendo simplemente regalos “testimoniales” o “simbólicos”) porque el ser humano, cuando no encuentra motivos internos para ser feliz o para estar conforme consigo mismo, los busca fuera y no hay nada más excitante o reconfortante que gastar dinero a espuertas para tapar la infelicidad o acallar al pepitogrillo que todos llevamos dentro.
Mi hija pequeña ha venido a verme para compartir unos días en armonioso amor; y ha venido con regalos en la maleta, decidida a “demostrarme” lo mucho que me quiere. El regalo –le dije- es que hayas viajado en avión para estar conmigo. Y justo al expresarlo, me di cuenta de que también ha supuesto un gasto de dinero luego, de alguna manera, es consumismo. Así que me corregí sobre la marcha y le abracé muy fuerte.
Luego le regalé un abrigo mío –el más caliente que tengo, un mouton vintage- para que lo use en la fría Alemania. Y mis sólidas botas de agua para que pise la nieve sin congelarse; y mi bufanda de pura lana virgen para que respire el aroma “de casa” cada vez que se tape hasta la nariz con ella. Buenos, bonitos –y baratos- regalos hechos con amor. Y ella, que es muchísimo más joven que yo y muchísimo más soñadora que yo también, no pudo resistir la tentación y se fue a una tienda a comprarme un jersey con flores de muchos colores para que “mi invierno sea primavera”.
¡Qué difícil es sustraerse a la fuerza de la corriente social! Lo que unos dicen que tenemos que hacer –por intereses de unos cuantos- nos sigue pareciendo decisión individual, como si fueran ideas que se nos han ocurrido a nosotros y nos sintiéramos orgullosas de ellas. Lo de comprar, consumir, gastar, aparentar y regalar sigue siendo una lacra para el individuo con conciencia. Nos escudaremos y nos justificaremos en lo de siempre: que cada uno es muy libre de gastarse el dinero en lo que le dé la gana, que la economía de los países se mueve si el dinero se mueve y que a ver si nos vamos a privar de las alegrías navideñas…
Pues me parece muy bien, aunque a mí no me vayan a pillar este año. Las circunstancias personales las pondré a jugar a mi favor para dejar que mi nivel consumista siga estando bajo mínimos; voy a ver qué se siente.
Y como sé que muchísimas personas sienten y piensan igual, les animo a que, de una vez por todas, seamos coherentes con el sentir propio y no nos dejemos arrastrar por aquello que, en conciencia, no deseamos hacer. Aunque nos pongan a parir…
Felices los felices.
LaAlquimista
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

diciembre 2017
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