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Cecilia Casado

A partir de los 50

Reto personal: consumismo cero

consumismo

 

Pues aquí estamos, a mediados de mayo y manteniendo la promesa hecha a mí misma en persona de no caer en el consumismo durante todo el calendario de este 2018. (Consumismo: m. Tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios.)

Pues que en esas estoy y no lo llevo tan mal. Primero invisibilicé las rebajas de Enero, ahora estoy en plena fase de ningunear la temporada primavera/verano y, con cada semana que pasa, consciente hasta el tuétano de que NO ME HE COMPRADO NADA, me voy sintiendo –poquito a poco, todo hay que decirlo- mucho mejor en mi propia piel.

¿Cuáles han sido los motivos que me han llevado a plantearme este singular reto? En realidad, la idea original no ha sido mía, me ha bastado con echar una mirada a los telediarios y ver lo que hay que ver: seres humanos en la miseria destruidos por la guerra y la codicia de los fabricantes de armas; personas como yo que antes hacían la compra semanal llenando el carro y ahora están sin nada, con la piel como abrigo, lejos de sus vidas e ilusiones, de sus casas, de su país y raíces. (Creo que estoy pensando en Siria, pero es que hay tanto donde elegir…)

Quedaría muy bonito añadir que todo el dinero que voy a dejar de “consumir” lo voy a donar a una oenegé de las que de verdad dan el callo por ayudar, pero eso sería traspasar la línea roja de lo que a nadie le importa. De momento diré que el experimento es un reto personal para concienciarme de que tengo que hacer más sitio en mi mente…y en mis armarios.  Leí de una influencer de EEUU que se había planteado el mismo reto en 2017 y, como era una niña pija y bien pagada, había ahorrado MILES DE DÓLARES -¡qué brutalidad!- en ropa y complementos gracias a su “sacrificio”.

Yo me quedo a nivel de calle, siempre digo que lo mío es “de andar por casa en zapatillas”. Y, precisamente, andando por casa es cuando tomé conciencia de cuánto me molestaba tener los armarios a reventar de ropa y más ropa que me ponía de ciento en viento sin por ello dejar de comprar más y más cada temporada con la excusa vil de que “la necesito”.

Tampoco lo mío llega a ser un T.O.C. ni oniomanía –que es el trastorno que lleva a personas con baja autoestima o procesos depresivos a gratificarse mediante la adquisición de bienes de consumo que les satisfacen durante unos minutos y siempre muy pocos.  Lo mío es “lo normal” de cualquier mujer que puede llegar sin penas a fin de mes –nunca he querido sentirme privilegiada por ello, siempre he preferido considerarme dentro de “lo normal”, pero esto es un subterfugio de mi conciencia, para qué me voy a engañar-. Una mujer que se da “una vuelta” por los escaparates rutilantes de temporada y decide darse un capricho disfrazándolo de necesidad. Que si ve un bolso de colores, decide que NECESITA ese bolso para que le haga juego con el vestido rojo que se compró la semana pasada para darle un toque de color a su vida un poco agrisada. Y que luego ve unas zapatillas con brillantina que NECESITA para combinar con el bolso de colores, que le hacen muy juvenil a pesar de sus muchísimas primaveras a cuestas.

¿Se me entiende bien cuando lo cuento…? ¿Sí? Pues entonces, no sigo.

Llevo ya cuatro meses sin dejarle un euro a Inditex & co. y me da como un regustillo por dentro que me apetecía compartir aquí. Porque la verdad verdadera es que sentía que me daba mucha vergüenza tener los armarios rebosantes –qué digo rebosantes, reventaos– de ropa acumulada en los últimos años, sin tirar nada, “por si acaso se vuelve a poner de moda” o “porque está casi nuevo”. Y ciñéndome con coherencia a esa verdad, he decidido utilizar esa ropa “vieja” en vez de comprarme otra con el apresto puesto.

No se trata de vaciar, regalar, compartir y reciclar la ropa que tenemos en los armarios, para volverlos a llenar con ropa lustrosa recién salida de la fábrica tercermundista donde la han cosido mujeres y niños en régimen de semi-esclavitud, sino dejar de consumir esos productos durante un año entero (y si le cojo el gusto, para los restos). Una toma de conciencia que también he extendido a casi todo “lo de la casa”. No necesito sábanas de algodones del Nilo, ni manteles bordados en Portugal, ni más toallas de colores conjuntados con los azulejos del baño, ni adminículos de silicona para la cocina, ni tarros de cristal de Murano para la pasta, ni paneras trenzadas en Katmandú.

En realidad, no necesito nada más de lo que ya tengo, excepto que se rompa y lo tenga que reponer. Pero eso sucede muy pocas veces ¿verdad?

Y no, no me he vuelto roñosa ni estoy ahorrando para comprar un coche nuevo (el mío, rojo, tan bonito él, con sus catorce años a cuestas llevándome por las carreteras que unen mares). Simplemente, me he puesto un reto en conciencia porque el tema del consumismo y lo de satisfacer los vacíos emocionales “yendo de compras”…se ha terminado para mí. Y cruzo los dedos.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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