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Cecilia Casado

A partir de los 50

“Fumando” porros ajenos


mujer-loca*** “Ofelia” Alexandre Cabanel.

Si hay algo que me hace feliz en grado sumo cuando vengo a “mi otro mar” es la terraza rodeada de árboles donde me alimento tanto de comida, como de lectura, sueños y ensueños. Divido mis horas entre los paseos por la playa de buena mañana, la fresca de la terraza hasta el mediodía y la brisa del jardín a la sombra por las tardes. A la noche, vuelta a la terraza, mi pequeña y agradable atalaya…

Pero los vecinos de abajo fuman marihuana como si les fuera la vida en ello, ellos en su pequeño jardín y me agarro cada colocón sin comerlo ni beberlo que al final no sé si me pone de buen humor o de mala leche. Será porque me gusta que me den a elegir y no me impongan las cosas. Es como cuando te metes en el ascensor y te ahogas con el aroma del vecino que se ducha con colonia –o de ese otro que no se ha duchado y también tiene su “perfume” particular.

Y como voy de enrollada con los vecinos pues les digo que compartan o que se corten o lo que sea que una ya está muy mayor para según qué cosas y van y me dicen que tengo razón, pero que la vida es de todos y la libertad y bla bla bla y veo que ELLOS también tienen razón, que están en su casa –con derecho a plantación en varias hermosas jardineras, para consumo propio, se entiende- y también tienen razón los del camping de un poco más abajo con su música espantosa para animar al cotarro juvenil y que no se corta en decibelios ni karaokes precisamente a la hora de la siesta. (Debe ser un camping exclusivo para extranjeros, no sé.)

Pero en la vida una no puede andar quejándose de todo lo que le molesta porque entonces tendría que ser exquisitamente prudente para no molestar a nadie con las cosas personales…

Los de abajo a la izquierda no fuman porros –por lo menos en el jardín, que son familia con niños y yayos-, pero se montan unas barbacoas con una grasaza olfativa que, estoy casi segura, ME sube el colesterol. A esos no les digo que compartan –a pesar de llevarme con ellos- no vaya a ser que me digan que sí y me tenga que comer un chorizo, una salchicha, una hamburguesa o una chuleta de cerdo de tamaño mamut.

No sé quién decía el otro día lo de la isla desierta para que no le molestaran, pero creo que se olvidó de los mosquitos –que también me hacen compañía hasta que los fumigo colateralmente echándome loción en la piel- y eso sin contar con el Ayuntamiento que ya va para diez años que no cambia la tapadera de las aguas que tiembla en mitad de la calzada y hace un ruido como de tanque oxidado cada vez que un coche le pasa por encima.

Cosas de la vida, cosas sencillas que a cualquiera le pueden pasar, hoy no toca hablar del remanso de paz, ni del silencio, ni de lo que se siente por dentro cuando una no tiene pleitos pendientes con nadie, ni siquiera con una misma que suele ser lo más habitual.

Todo está en orden, va fluyendo desde la terraza, hacia la terraza y gracias a la terraza. Ahora viene el de los melones con la fragoneta y el altavoz a todo trapo, voy a aprovechar y le compro uno bien gordo que son de Villaconejos…

Vaya, ya me ha pegado…

Felices los felices.

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Respeto al prójimo o cada uno a su bola

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

junio 2018
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