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Cecilia Casado

A partir de los 50

“Morir de viejo”

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Quien más quien menos tiene a uno de sus progenitores –o a ambos- vivitos y coleando; ancianos, pero ahí siguen. Algunos lúcidos hasta la extenuación, incombustibles y otros, desgraciadamente, en franco deterioro. Sabemos que es “ley de vida”, pero cuando nos toca sufrirlo nos olvidamos de las máximas generalizadas. Si acaso pensamos –o deseamos – que nuestros padres no se enfermen, no pierdan la memoria, ni las capacidades, que es muy triste tener que contemplarlos y acompañarlos en su decadencia. Sobre todo queremos que “no sufran” porque su sufrimiento lo padecemos nosotros también.

Observando la vejez, sus reglas únicas –por lo inexorables- y a la vez diferentes según la persona, el distinto tempo vital, la pérdida o dejación de ilusiones, quisiera prepararme para ella de la mejor manera posible, siempre y cuando la salud venga de mi mano y no se me suelte.

Los padres de mis amigos o han fallecido o están ya muy mayores y hay un común denominador aunque las circunstancias sean diferentes: nadie quiere morir.  Tampoco mi madre con 91 años, que vive cómodamente en su casa y con las facultades mentales bastante en su sitio. En silla de ruedas, con limitaciones importantes o con la mente perdida se sigue pensando en que habrá una posibilidad. Algunos –los más optimistas- siguen ahorrando de su eximia pensión “por si pasa algo” (claro que va a pasar), y otros pintan toda la casa y la llenan de flores (bendita sabiduría). Todos van –todos vamos- por el mismo camino hacia el mismo destino, pero nos puede diferenciar la actitud y la manera de afrontar la senectud ajena para ir “tomando apuntes”.

A unos tocará bregar con padres ancianos egoístas hasta la exageración y otros compartirán con alegría y amor los últimos años de unos progenitores amables y generosos. Si se va a renegar de una madre o padre tacaño, seamos generosos ahora, si se va a condenar al abuelo cascarrabias, seamos amables ahora. No es de recibo que asumamos como imposible de cambiar  que los ancianos se den la mano con los niños pequeños y agarren pataletas y digan “mío, mío” y el mundo tenga que girar a su alrededor.

a-partir-de-los-50-2Cuando alguna vez me he visto avergonzada por una actitud de este tipo en una persona anciana, me he hecho la reflexión de que si criticamos todo esto, si pensamos que podría ser de otra manera, deberíamos aplicarnos el cuento y que cuando nos toque el turno, nuestros hijos o quienes estén cuidándonos no tengan que torcer el gesto por nuestra culpa.

Y observando a nuestros padres ancianos ahora, reflexionando sobre lo  ineluctable que nos espera, podemos plantearnos firmemente apuntarnos al carro de los esquemas positivos y desterrar las actitudes negativas. Aprendamos ahora cómo hacerlo en el futuro.

Supongo que todos queremos morir de viejos, en nuestra casa y en nuestra cama. Sin tubos ni cables ni goteros ni el calor asfixiante de las habitaciones de hospital que tanto contrasta con el frío emocional que propicia el entorno.

Supongo que todos querremos acostarnos una noche un poco cansados y ya no despertarnos más, haciendo el tránsito en medio de algún sueño agradable.

Pues para eso también hay que prepararse; será la última lección del programa de aprendizaje vital, aunque no sabremos que es la definitiva hasta que ya sea tarde para rectificar. Por eso me fijo mucho en las personas ancianas, ésas que –según las estadísticas- ya están viviendo “de gratis”, que por mucho que digan que la esperanza de vida anda por la ochentena muchísimas personas llegan a los noventa y los superan en condiciones de calidad de vida más que aceptables. (Ahora estoy sonriendo porque me acuerdo de una amiga que ha realizado hace poco un viaje a un país lejano y exótico con su madre de noventa años).

a-partir-de-los-50Alguna vez hay que cambiar algo ¿no?

Felices los felices

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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