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Cecilia Casado

A partir de los 50

Compensaciones

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El miércoles pasado me puse malísima. Después de cenar –y sin necesidad alguna, por pura gula- me comí un trozo (abundante) de queso, acompañado con su correspondiente membrillo y una docena de nueces. Digamos que estaba inquieta, de mal humor más bien; el día no había sido bueno, una amiga tuvo que anular una cita que me hacía ilusión, hice pisto y se me quemó, las típicas incidencias que desequilibran a personas normales y corrientes, como yo misma.

A eso de las dos de la mañana empezó el baile; las nueces –y alguna de sus cascarillas- se habían quedado enganchadas en el camino hacia el estómago y rascaban, me producían un ahogo intermitente y un ardor constante. Incapaz de dormir intenté cortar el mal como el nudo Gordiano: provocando el vómito. ¡Ardua tarea para patético resultado! Resultado final, toda la noche descalza y sin dormir.

Al día siguiente, arrastrando las miasmas de la falta de sueño y de descanso, me mareé en la ducha por lo que decidí –muy prudentemente- no ir al gimnasio y volver a meterme en la cama. Mi perrillo me miraba mitad sorprendido mitad aturdido. –“Lo siento, Elur, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”.

Desperté de un sueño farragoso hacia el mediodía y sacando el amor del cajón de los amores, me puse el plumífero encima del pijama (más o menos) y salí a la calle a pasear a Elur, que había aguantado como un campeón. A los veinte metros del portal tuve que sentarme en un banco: todo me daba vueltas. Volvimos a casa y me hice una manzanilla en el microondas. No podía con nada, así que volví a meterme en la cama. Dormí varias horas más, cuando desperté ya era de noche. Me dolía el estómago, la cabeza y el alma por lo vulnerable que me sentía. Y el perrillo que se había aliviado detrás de la puerta del baño, pobrecito mío…

La madrugada me asaltó con una sed inmensa y me tomé una infusión de manzanilla de casi medio litro. Qué reacción la de mi cuerpo, que saborizantes, estabilizantes y conservantes llevaría el queso (del país, sí, del país de la química con label vasco), qué llamada de atención y protesta la de mi cuerpo, aterradora, afiebrada, débil, mareada en extremo, sin fuerzas ni para abrir un libro, el ordenador o el móvil…

a-partir-de-los-50-2El viernes intenté ir al estudio de pintura y tampoco fui capaz. Ahí ya me entró el miedo, o la conciencia de mi vulnerabilidad. Hablé con una amiga y me ofreció ayuda, lo que necesitara. Me quedé pensando. ¿Cómo le voy a pedir a alguien que venga desde la otra punta de la ciudad a pasear al perro? ¿Y, por qué no, pensé, si ella misma se ha ofrecido?

No fue por no molestar a los demás que me costaba pedir ayuda; no fue para que no me vieran hecha unos zorros que no quería llamar a nadie. Ni tan siquiera por generosidad mal entendida o por testarudez estúpida.

Sé que me fustigo con la coherencia cuando me pasan estas cosas, sé que tengo que pagar el peaje de la libertad de vivir sola, soy consciente de que tengo que llevar mi vida personal “a las duras y a las maduras”… es la ley de las compensaciones.

Además, soy mala enferma. Alguna vez he tenido que admitir a alguien que, intentando ayudar, lo único que ha conseguido es ponerme nerviosa o de mal humor de forma injusta y estúpida. Por eso prefiero comerme mis propios marrones.

a-partir-de-los-50Quienes viven en compañía o tienen familia cercana saben que pueden (y deben) pedir ayuda; pero quienes estamos solos por decisión (más o menos) propia debemos ser coherentes con nuestra elección.

Es obvio que si siento que me da un infarto o padezco un ataque de lumbalgia y no me puedo mover le voy a mandar un whatsapp a los vecinos que tienen las llaves de casa o llamaré al 112. Es obvio que seguiré llamando a mis amigas cuando tenga el bajonazo anímico que me da de vez en cuando y que me desahogaré emocionalmente con quien bien me quiere… porque para eso está el cariño. Pero siento que el resto me lo tengo que currar yo. Para compensar con toda la vida en libertad feliz y solitaria de que disfruto.

Por rematar y para que no se me malinterprete: el premio de la soledad es la libertad. Malgré tout.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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