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Cecilia Casado

A partir de los 50

Pasividad


pasividad

A fuerza de no hacer nada se acaba por no hacer nada” decía la protagonista de una película que vi el otro día sobre lo duro que es vivir cuando se tienen veinte años. ¿?

Ella, la chica desorientada que buscaba su camino en la vida, se había atascado en la enseñanza secundaria: vamos, que ni el bachiller o como se llame en EEUU. Trabajaba de camarera los findes –ya sabéis, ésas que se pasean por la cafetería de la gasolinera con una jarra de café aguachirri en la mano- y su madre le daba caña para que terminara de estudiar e intentara sacarse algún título que le permitiera acceder al mercado laboral “de verdad”, como decía ella (la madre). El caso es que la chica era “pasiva”; se definía así y defendía su discurso: “he nacido así, es mi temperamento”.

Me resonó la frase por conocida, por haberla escuchado no pocas veces en boca de algunos jóvenes que dan tumbos por el pasillo de la casa de sus padres (y por la vida), sin solución de continuidad. Chicas y chicos que “echan currículums” por aquí y por allá, que buscan, pero menos, que se esfuerzan, solo lo justo, que picotean trabajos de pacotilla pero que no abandonan la casa familiar porque allí siempre hay un plato en la mesa y una lavadora que limpia las penas.

Eso a lo que llaman desencanto ante lo dura que es la vida, también se le llama pasividad. Que es exactamente lo contrario de lo otro, de lo que se mueve, llama, pregunta, busca, indaga, estudia, se interesa, en definitiva: lucha.

Porque la gente se acostumbra a no hacer nada porque le da mucha pereza. Como quien se queda encerrado con la televisión o el portátil y no sale a la calle apenas lo justo para renovar el aire de los pulmones y comprar algo envuelto en plástico para comer.

Porque la gente acepta que la inacción se les vaya instalando en el alma –y en los músculos no digamos- y a fuerza de no moverse se anquilosa en todos los sentidos.

Casados y solteros, jóvenes o mayores, a fuerza de no hacer nada –por cambiar una situación- uno acaba no haciendo nada.

Y luego vienen las quejas. Que si me amarga la vida la cochambre de trabajo que tengo, que si estoy hasta la coronilla de mi pareja y el aburrimiento que nos carcome, que si no aguanto más esta vida de asco que no me ofrece ninguna buena oportunidad…

a-partir-de-los-50-2Como si alguien nos hubiera prometido que basta con estar sentados en casa, y que la vida va a llamar a la puerta, como un regalo, como una oferta, como una ofrenda.

Moverse, intentar las cosas, arriesgar, ilusionarse y pelear por lo que uno quiere no garantiza –en ningún caso- que se vaya a triunfar o a conseguir lo que se persigue. Pero siempre quedará la satisfacción de haberlo intentado en vez de la depresión inevitable por no haber sido capaz de poner en marcha el motor personal que nos ha tocado en suerte.

a-partir-de-los-50Creer que las cosas se van a arreglar solas, también es pasividad. O pensar que los demás van a cambiar lo que a nosotros nos molesta de ellos, también es pasividad.

La pasividad es una actitud opuesta al compromiso, a la acción constante, a la voluntad de dirigir la propia vida y de involucrarse con todas y cada una de sus etapas.

No sé yo si da muchas satisfacciones…pero algo tiene que tener para que esté tan de moda ahora mismo.

Felices los felices.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


marzo 2019
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