Tiempo muerto | A partir de los 50

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Cecilia Casado

A partir de los 50

Tiempo muerto

He limpiado la casa de arriba abajo borrando el rastro físico acumulado durante ocho años por mi perrillo, Elur, dormido para siempre desde el pasado 27 de Septiembre. ¡Qué pocas cosas necesitaba! En un pispás el parquet fregado, el cochecito guardado (a la espera de que alguien lo quiera aprovechar), sus apaños en la basura. Igual que cuando muere un ser humano y hay que vaciar armarios, limpiar rastros emocionalmente dolorosos, invadir su intimidad de manera póstuma.

Sus fotos me dulcifican el ánimo tanto como la vista -junto con las de mi amada familia- y un óleo pintado por mí detiene el tiempo desde la pared del salón. El resto, todo lo bueno compartido, queda almacenado en la memoria del corazón. Las lágrimas se resisten, no sé a qué esperan, supongo que hay que dejar las paredes respirar, que el aire de la casa se regenere, es tanta la energía que vamos depositando donde vivimos. Será por eso que no puedo dormir ni descansar bien por las noches; siento la presencia del perrillo de una manera perturbadora. Dicen que es normal, que ya se pasará, pero mientras tanto me voy sintiendo mal físicamente, se me cierra el estómago -¡qué tiene que pasar para que yo deje de comer con lo que me gusta!- y salgo a la calle desorientada: me falta la correa amparando mi mano.

Mis amigas quieren ayudarme, protegerme, reintegrarme a las rutinas y hacer que me distraiga: me ofrecen mucho cariño y arrobas de empatía. Así que llevo unos días “frenéticos” de ir de aquí para allá –hospital incluido donde mi madre lleva ingresada más de dos semanas con una enfermedad degenerativa. No duermo. Apenas como. Ni siquiera puedo leer con fundamento el nuevo libro regalo de mi amiga Cris: “El colgajo” de Philippe Lançon. Miro una serie y me aburro. Hablo demasiado por teléfono. No estoy ni nerviosa ni tranquila, simplemente, me he desubicado.

¿Qué necesito en estos momentos; un hombro sobre el que apoyarme y llorar? Definitivamente, no. Quiero los míos, mis hombros, mis brazos y abrazos, que me corte el aire el llanto y me enfríe el viento la mente recalentada. Quiero silencio y espacio libre: verde a ser posible.

Son casi las cuatro de la mañana y me viene la lucidez del insomnio, esa hora odiosa del “tiempo muerto” en la que tan sólo tiene cabida la tristeza o el amor. Espero ansiosa unas horas más y hago una llamada. Hay sitio. Busco las botas de monte, recupero el anorak y las sudaderas tanto tiempo dormidas porque Elur ya no podía corretear por el campo y nuestras salidas a la naturaleza no iban más allá de un bosquecillo cercano y los parques citadinos.

Ha llovido esta noche y mi coche reluce; yo también siento que me he lavado un poco por dentro. En una hora escasa estaré en plena naturaleza, a los pies de un bello monte, cerca de la gran sierra de Urbasa. En una casita de madera en un camping ya en deliciosa temporada baja.

Mejor que deprimirme o ir a un balneario,-odio las tinas de agua- ni pensar en una semana en un hotel con pulserita. Los bastones de marcha nórdica con la punta bien afilada y la soledad en la mochila. Una soledad sonriente, deseada, fructífera, amable.

Cuando la vida nos zarandea cuesta mucho saber cómo actuar. Son situaciones nuevas, no figuran en nuestro “libro de instrucciones” y entonces vienen desde fuera a dar consejos, sugerir formas y maneras, opinar lo que a otros les ha hecho bien, pero que a nosotros puede provocarnos más dolor en forma de revulsivo. Supongo que lo más sano y válido es decidir limpiarse cada uno a su manera, como le salga desde adentro y aunque a los demás les parezca extraño, raro o intempestivo. Todo es válido excepto ese maldito “morderse las tripas” y dejar que la procesión vaya por dentro.

Porque mi perrillo querido ya no está y yo necesito “tiempo muerto” para recomponerme y sentir el “tiempo vivo” que aún se me regala.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

*Foto: Cecilia Casado

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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