Venciendo el mal humor | A partir de los 50

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Cecilia Casado

A partir de los 50

Venciendo el mal humor

 

Cuando hay mil motivos para celebrar la vida porque se vive en un campo sin vallas, con muchas posibilidades inexploradas y no duele más que lo justo, lo habitual es estar de buen humor la mayor parte del tiempo. De ahí los niños contentos y alegres cometiendo sus encantadoras tropelías infantiles; de ahí también la juventud recién estrenada sin más horizonte que la diversión y alguna que otra obligación académica. Las tribulaciones se limitan a dejar bien cerrada la puerta del frigorífico no a llenarlo de viandas con el sudor de la propia frente.

Luego los años pasan de cinco en cinco, de diez en diez, como los trenes de cercanías, y para cuando uno se apercibe –o para cuando te lo hacen notar los hijos, los nietos o los espejos- uno se descubre levantándose por las mañanas en una tierra de nadie donde impera el mal humor al igual que las hormigas viven entre la hierba del jardín. Una especie de irreversible maldición de la naturaleza humana. Y todo comienza a molestar…

Las motos de madrugada, el portazo de los vecinos, las bicis por la acera, los chavales que ponen los pies en el asiento de enfrente en el autobús, el que se intenta colar con cara de inocente en la pescadería, los buzones vomitando propaganda, las llamadas perdidas de número desconocido, una tele puesta muy alta a la hora de la siesta, las colillas podridas en un cenicero sucio, las cacas de los perros a la salida del portal, el vecino que no tiene nada mejor que hacer que darte palique cuando andas agobiado, el qué pongo para cenar o qué me pongo para salir. Todo o casi todo incordia.

Entonces es el momento –y esto es lo más duro- de tascar el freno y pararse a pensar. Reflexionar sobre el propio malhumor como si no hubiese un mañana porque, aunque lo haya –y eso nunca está garantizado- la energía negativa que se irradia desde esa furia interna que se siente espoleada de manera inopinada puede ser la semilla oculta de la desgracia inesperada, el germen de ciertos males psicosomáticos, el pequeño brote de amargura que podría convertirnos en furias o gorgonas en el último tramo de la vida, ese en el que todas las bendiciones son bien recibidas porque ya las fuerzas han claudicado y la mente está a punto de quedarse sin batería.

Es ese tiempo bastante común en el que uno se da cuenta de que se pasa la mayor parte del día malhumorado por cosas que antes ni tan siquiera se llegaban a percibir, por hechos fútiles que en otro tiempo no traspasaban la frontera del entendimiento ni mucho menos la del corazón.

Quizás la única solución posible sea, si llegamos a ese extremo, jubilarse de la pelea interna y recomenzar la vida desde el anterior y lejano punto y aparte, escribir el último capítulo de la existencia volviendo a la casilla de salida, aquella en la que imperaba el buen humor de cuando teníamos muy pocos años y todavía la vida y las gentes no nos habían apretado las tuercas.

Todo es cuestión de intentarlo y si se consigue no contáserlo a nadie que la envidia es muy mala.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Por si alguien desea contactar:

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Fotografía: Cecilia Casado

 

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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