El mundo está convulso y nos salpica a todos, lo queramos o no. Y ahora mismo se divide en dos tipos de personas: los que “no quieren saber nada” y los que se sienten afectados por la realidad aunque sea ajena a ellos. A lo segundo se le llama “empatía” y no es tan difícil encontrar personas que sienten y padecen por que otros padecen y sienten.
Pero los otros, los que “no quieren saber nada”, también tienen un nombre. Son los ecpáticos, los opuestos, los que bordan el antónimo que todo concepto lleva en su sombra: ser uno y su contrario. Sin entrar en filosofías –porque luego me lío y ni yo misma sé salir- están aflorando a la superficie los sentimientos ocultos por tantas personas que, sabiéndose insolidarias e indiferentes, acaban de blanquear esa falta de amor cubriéndola con un manto de “autoprotección” que igual no es otra cosa que un desamor total y absoluto hacia el género humano.
Los conozco en grupo y a nivel individual y de todos ellos huyo como de la galerna en una tarde playera de verano. Y me alejo de ellos porque me llenan la mente de polvo que no es mío, me irritan los ojos y el corazón con su desprecio y, sobre todo, quiero escapar porque sé que lo suyo es contagioso, que yo también puedo acabar pensando y manifestando como ellos: “No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, todo es demasiado terrible y cruel, no lo soporto. Paso.”
Y da lo mismo que cierren los brazos, bien apretaditos contra el pecho, sobre lo que pasa en Ucrania, en Afganistán, en Siria o en cualquier país doliente. Da lo mismo, porque se han convencido de que eso “no tiene nada que ver con ellos” y dirigen su vista y su esfuerzo únicamente a su pequeño mundo, a sus cosas, sus afanes, excluyéndose de participar en un mundo solidario, comunitario y afectivo del que reniegan.
Son los que no sufren ni por ti ni por mí, porque eso les provocaría muchísimo dolor, claro está; que da igual que tú estés con medio cuerpo en el pozo que a ellos les da exactamente igual. Ahora la empatía se mide con emoticonos de whatsapp.
Esta gente ecpática, que controla su mente y sus intenciones voluntariamente para no verse afectado por ningún estímulo emocional que provenga del exterior y pueda afectarle negativamente, existe. Y han venido para quedarse.
Ellos se llaman individualistas o escépticos. O indiferentes o equidistantes. Desencantados de la humanidad como tal y tan sólo condescendientes con algunos seres vivos en particular.
Son esos que se quedan callados si les dices que se ha muerto tu madre o tu perro. O que tienes un tumor. Les da todo igual, lo único que quieren es que “nadie les moleste”. Son esos que “cogen manía” al que les resulta incómodo; son los que critican y nunca ayudan, los que cuando parece que dan, en realidad, te están quitando.
Son los incapaces de sentir empatía hacia los sentimientos de los demás. La cara oculta –fría y distante- de la empatía. Acaban siendo antisociales, obviamente, puesto que carecen de herramientas para relacionarse de forma positiva con el resto. Se vuelven huraños y algunos hasta amargados. Se quejan de todo y no hay manera de que sonrían a cambio de nada.
La horma de su zapato la encuentran cuando tienen que echar mano del “bienestar social” que abunda por estos lares. Entonces sí que aporrean la puerta del ambulatorio para que les curen sus pupitas o ponen la mano para exigir al sistema “lo suyo”.
Protestan en las redes sociales, se ciscan en todo lo que se mueve y levantan el puño y la tecla afilada contra un sistema del que, cuando les conviene, “no quieren saber nada”. Porque, en definitiva, lo que viven en su mente –corazón cerrado a cal y canto- es que SUS problemas son los únicos que importan y los de los demás una tabarra insoportable.
Avisados estamos. Que no nos pillen desprevenidos.
Felices los felices.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com