Dejé de decorar la casa con motivos navideños cuando me cayó encima el tristemente famoso “síndrome del nido vacío”. Me di cuenta –sólo entonces- de que la parafernalia de adornos navideños tenía sentido (aunque bastante poco habida cuenta mi total convencimiento agnóstico) únicamente cuando había infantes alrededor.
Este año –otro más-no sé si poner el árbol de plástico guardado donde guardo los trastos o tirarlo directamente al contenedor amarillo. ¿Para qué –me pregunto- voy a disfrazar la casa de “mercadillo navideño” si no voy a recibir a familia alguna? ¿Para mí sola, como decimos las mujeres cuando no tenemos ánimo ni de teñirnos las canas?
No es cuestión de ser positiva ni negativa; es cuestión de echar a la cazuela lo que haya en la despensa, poco más. El año 2019 fue la primera vez en toda mi vida que pasé una Nochebuena sola. Pero el día 25, mi madre empezó a morirse de verdad y vino corriendo la familia que vive fuera. Se me llenó la casa (qué paradoja) y hasta celebramos ¿? la Nochevieja como nunca. La muerte junta a las personas, hasta a las que no tienen por costumbre juntarse.
Así que aquí estoy con mi árbol de plástico y las cajas de bolas y espumillón y una duda trascendental que me corroe por dentro. ¿Lo pongo o le pego fuego?
Tengo todavía unos cuantos días para decidirme; la Navidad no empieza el 1 de Diciembre se ponga como se ponga el Ayuntamiento. La Navidad de verdad empieza con la txistorra del 21 de Diciembre y termina con el roscón del 6 de Enero. Entre una fecha y la otra se apretujan sopas, langostinos, jamón, corderos y angulas de mentira. Y la alegría por abrazar a las personas a las que se ama y la mayor de las desdichas: la de pelearse las familias con la saña guardada como oro en paño durante todo el año.
Creo que seguiré mi método infalible para cuando tengo que tomar una decisión que me perturba el sueño: esperar sin hacer nada. Ocurrirá de madrugada o en mitad de una película; me llegará desde el interior un pequeño chispazo que iluminará la oscuridad y me mostrará el camino a seguir. Nadie mejor que yo conoce mis íntimos entresijos y la manera en que venzo a mis propios demonios.
Aunque creo que eso nos pasa a casi todos…
Pero presiento que hay un cierto patetismo en querer edulcorar la realidad. Pienso que desperdiciaré parte de mi inteligencia y de mi famoso sentido práctico si me empeño en cambiar la realidad. Siempre digo que “lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Una vez más me toca poner la teoría en su sitio más allá de las componendas mentales.
Felices los felices.
LaAquimista
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