Quince días y ocho aviones después de salir de Donostia para “dar un paseo” por Argentina regreso a casa arrastrando veintitrés kilos de equipaje y un extra de tres más adheridos a diversas partes de mi cuerpo, principalmente el estómago.
Como el desajuste de husos horarios cuando se viaja a otro continente no es cosa baladí, he necesitado tres días enteros para recuperar todos mis equilibrios: los físicos, los emocionales y los sociales. Imposible quedar con nadie; mucho menos cotorrear sobre el viaje y desgranar anécdotas que se han quedado incrustadas en alguna parte de mi cerebro a la espera de que quieran desgajarse de él y tomar vida propia.
Lunes. Un día perfecto para recuperar el ritmo, el paso cansado desde hace tiempo de mi vida. Luce el sol y hace una temperatura amable, así que me voy a ver el mar, “mi mar de aquí”, el que conozco y me conoce.
Piso la arena de la playa y me descalzo para que el agua me moje los pies y me purifique un poquito por dentro, ya que he regresado un poco “revuelta”. Siempre que me alejo de mis raíces y de mi aparente seguridad se me avientan pensares, pesares y sentires. No es ni malo ni bueno, pero la distancia física de mi “txoko” me acerca más a eso que llevamos por dentro y que cada quien llama a su manera.
Reflexiones. Inflexiones. Lecciones que repasar o algunas nuevas que aprender.
Así que cuando subo al paseo de La Concha y me sumerjo sin poderlo remediar en la riada de turistas que –sí, es lunes- caminan casi dándose codazos para seguir la línea de la bahía, me quedo pensativa y busco un banco donde sentarme –por no quedarme quieta en mitad del gentío-.
¡Pero si esto es EXACTAMENTE LO MISMO que he vivido en Argentina! La muchedumbre de Buenos Aires, la marabunta el día que fui a La Boca y había partido en “La Bombonera” y era calcado de mi Anoeta del barrio de Amara cuando se juega el derby… -aunque el estadio argentino tenga 57.200 plazas y el donostiarra 39.313. Dato de IA-.
Turistas, turistas de quita y pon, de voy y vengo, todos –yo misma también- cortados por el mismo patrón, que no es otro que intentar llenar huecos y vacíos interiores de todo tipo en una pequeña huida lúdica hacia adelante que no sirve para nada, que es “maya”, pura ilusión, invento de la mente, capricho del bolsillo, pura vaciedad.
Y, sin embargo, todos vamos en la misma dirección, en este grupo o en aquel, detrás de un paraguas anaranjado o por libre –creyendo siempre que somos más libres que el de al lado-.
Así que me doy de nuevo la bienvenida a esta maravillosa ciudad norteña vasca, tan de postal, tan rica y tan cara, tan llena de seres humanos todos parecidos aunque unos lleven unas etiquetas prendidas –en la cara o en la frente- y otros las escondan por pudor.
Hoy había perros en la playa y se me ha alegrado la vista.
Felices los felices.
LaAlquimista
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