Como somos humanos orgullosos, con el ego casi siempre desbordado, hemos aprendido la técnica de supervivencia por excelencia; es decir: “A enemigo que huye, puente de plata” y todas esas máximas plagadas de chulería cutre con las que engañarnos. Empezando por el dichoso, “Más vale solo que mal acompañado” y terminando con el eterno “No hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.
Así las cosas, nos sentimos sorprendidos si alguien nos da la patada emocionalmente y se aleja de nuestra órbita. Esas personas “amigas” que dejan de llamar o ni siquiera contestan a nuestros mensajitos de whatsapp navideños demostrando claramente que les interesamos lo mismo que una gallina picoteando maíz en un lejano gallinero.
Entonces –cómo no- nos encocoramos contra el “ofensor” y buscamos la explicación perfecta: echarle la culpa a él –o a ella- del desencuentro y victimizarnos durante un cuarto de hora. Al cabo, acabaremos convencidos de que no vale la pena llorar por quien no se lo merece.
Sin embargo, hay teorías que sostienen que cuando una persona con la que se ha mantenido una relación de proximidad durante bastante tiempo desaparece haciendo “bomba de humo” es por algo mucho más “saludable”. Que puede ocurrir que esa persona esté teniendo la valentía que nosotros no tenemos y que, con cariño apesadumbrado, se aleja precisamente para no seguir haciéndonos daño.
Parece un planteamiento psicológico rebuscado, -ya se sabe cómo son los del gremio de la psicología- pero he comprobado en mis propias carnes que no lo es.
A veces, alguien que te quiere, pero no puede darte lo que necesitas por la muy elemental razón de que no lo tiene. Entonces, frustrada esa persona, se aleja cariacontecida. Nos “abandona” para protegernos de su propia incapacidad de amar o de ser generosa.
Y sé que es cierto porque yo lo hice una vez; me alejé de alguien a quien profesaba mucho cariño desesperada por no poder satisfacer sus expectativas con respecto a mi persona. No dejé de querer a esa persona, en absoluto, ahí sigue en un rinconcillo de mi corazón, pero corté el contacto porque cada vez que teníamos un encuentro se convertía en desencuentro y se enfermaba culpándose de la incapacidad de llevarnos bien. Un lío íntimo y personal que nos tuvo durante años en un “tira y afloja” cansino y desesperanzador.
El corazón humano es muy extraño y la mente –esa gran traidora y engañadora- nos hace muchos guiños tramposos bajo la dirección de la mano férrea del ego.
Dejémoslo estar; soltemos. Las líneas paralelas no pueden juntarse. Y, por simplificar: lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible. Es mi forma de estar más tranquila sin hacer reproches y sin que nadie me los haga.
Felices los felices.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com