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Cecilia Casado

A partir de los 50

Las rebajas y los agujeros emocionales

Hace ya mucho tiempo que decidí hacer una “razzia” en mis armarios y deshacerme de todo aquello que ocupaba sitio sin servir para nada, como un amigo de los malos. La pregunta del millón era muy sencilla: “¿Me lo puse el año pasado? ¿No? Pues menos me lo voy a poner ahora.” Y así fui barriendo abrigos, cazadoras, jerseys, pantalones y blusas que fueron a parar a manos menos superficiales que las mías. Además, si he aumentado de talla… ¿Soy tan ilusa como para engañarme con un “ya adelgazaré”  y podré entonces aprovechar lo que ahora no me entra ni aguantando la  respiración durante un minuto? Estupideces con mi nombre y apellidos.

Lo terrible fue que cuando ya llevaba amontonado casi un metro cúbico de textiles variados me di cuenta de que seguía colgando tanta ropa de las perchas como murciélagos en una cueva bien húmeda. Y además con aspecto de poder durar un lustro más… “-Qué cosa. Cómo es posible. En qué estaría pensando yo. Hay que estar atontada mirando para otro lado”. En fin, pensamientos en voz alta.

De repente, como un “día de la marmota” que no cesa, las rebajas. Los señuelos, los anuncios, la invitación obscena a consumir que provoca un chute de dopamina y acaba en un”bajonazo”. Comprar por comprar. Gastar por gastar. Que no es necesidad sino adicción. Entrar en una tienda cualquiera y descubrir que la colección permanente” no se rebaja y lo que te gusta es ya de la “nueva colección” y tampoco. Que todo está a su precio actualizado, que lo que lleva etiquetas con porcentajes en fosforito son prendas que sabemos de dónde las han sacado por feas, por “imponibles”, por ser puros trapos impresentables fabricados exprofeso como señuelo de las falsas rebajas.

Y me vuelvo a preguntar: “Más ropa, ¿para qué?”. Qué agujero emocional intentan tapar las compras compulsivas, ese efímero desahogo de salir a gastar dinero para acallar la voz del desasosiego interno, intentando aliviar un malestar que, al día siguiente, volverá porque el origen del “ruido interno” no está ahí sino en otro sitio mucho más oscuro y de difícil acceso…

Recuerdo el buen criterio y el sentido común de aquellas madres del siglo pasado que nos hacían los vestidos y los abrigos con mucho dobladillo para que duraran tres temporadas, hasta que la industria textil decidió que cada tres meses había que renovar el armario para dar salida rápida a una producción desenfrenada, consecuencia de un trabajo casi esclavizado, comprada en rupias o yuanes para revenderla en euros con obsceno beneficio para quien paga el flete de contenedores de 40 pies llenos hasta los bordes. Temo que llegue un día en que haya que vaciar el frigorífico cada semana, tirar a la basura lo no consumido –como hacen en tantos bares con las tapas que no se pueden aprovechar de un día para otro- y volver a comprar, a llenarlo para que la economía alimentaria se mueva al ritmo de los beneficios requeridos.

Me da la sensación de que no aprendemos nada, de que queremos seguir viviendo en una nube, sin renunciar a lo superfluo como si formara parte integrante de nuestra esencia. Y no es así, nunca lo será, el agua y el aceite no se mezclan aunque los pongamos en el mismo vaso. Hasta que reventemos de (in)satisfacción efímera y descubramos entonces –tarde y mal- que la vida no tiene el sentido que esperábamos y nos hagamos adictos a algo mucho peor que las rebajas: los medicamentos que prometen el paraíso perdido y que no es el de Milton. Avisados –y aviados- estamos.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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