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Cecilia Casado

A partir de los 50

Nostalgia de tamborradas pasadas

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En mi condición de niña donostiarra de la década de los sesenta no tuve la oportunidad –ninguna la tuvo- de participar en la Tamborrada Infantil vestida de cocinero o barril -que es lo que importaba- y salir a la calle en la gélida mañana del día 20 (en aquellos tiempos hacía frío en Enero) para hacer que Sarriegi se revolviera en su tumba con el desafinado y entusiasta “aporreamiento de tambores” de tanto infante.

Creo que fue a mis seis o siete años cuando empecé a desarrollar lo que antiguos psiquiatras llamaban “envidia de pene”, pero no porque yo quisiera orinar de pie… sino salir en la Tamborrada. Desde el patio del colegio de monjas, en lo alto del cerro de la ciudad, se escuchaba, desde el primer día de vuelta de las vacaciones de Navidad, el ensayo que de la Tamborrada hacían en el colegio de niños que estaba justo detrás. ¡Qué frustración la nuestra, privarnos de aquel placer que los niños nos pasaban por las narices!

A la pregunta “Y nosotras… ¿por qué no?” se sucedía la inveterada respuesta “pues porque no, porque es sólo para chicos”.  Algunas se conformaban con salir de cantinerita moviendo las manitas en el más perfecto remedo de saludo real. Pero no era lo mismo y todas lo sabíamos.

Afortunadamente una se hace mayor y había ventajas incuestionables como permutar la fiesta familiar (y diurna) del día 20 por una fiesta personal (y nocturna) el día 19  y descubrir que cualquiera podía ser “tambor mayor” de su propio grupo de amigos.

Aquellos sí que eran buenos tiempos, los años setenta y ochenta, en los que había cosas que nunca cambiaban -y hablo de la fiesta, que nadie me sancione por alusiones-. Llegábamos con la resaca de las Navidades a cuestas y ya nos estábamos relamiendo del gusto de las angulas que íbamos a cenar la víspera de San Sebastián.

Ah, estas generaciones, pobres de ellos, que piensan que la tradición es comer esas “cosas” con sabor a pescado y lomito pintado de negro… ¡Cómo explicarles el inefable sabor genuino de las angulas negras, las que íbamos en caravana a comprar a Hendaya y matábamos de víspera a “tabacazo” limpio apestando toda la casa para degustarlas en raciones de cuarto de kilo por cabeza…! Las comprábamos vivas, las angulas, digo, porque en la pescadería del mercado las vendían a casi el triple de precio y una cosa es la tradición y otra muy distinta tirar la casa por la ventana, ya que eran tiempos de ahorro y el consumismo todavía no era una adicción para el vulgar de los mortales.

 

Recuerdo todas y cada una de las “vísperas” de mi edad adulta como la fiesta por excelencia, pero la más emocionante fue la del año 81, con la Real preparándose para ganar la Liga 80/81 y servidora con una barriga de ocho meses y medio, en la plaza de la “Consti” empujando de aquí para allá, mi marido y los amigos haciendo de barrera protectora,  saltando feliz por doble motivo, cantándole a mi bebé no nacido todavía –tuvo el detalle de esperar hasta el día 31- el repertorio completo, Tamborrada ilusionada y expectante, con la sana alegría de una embarazada a la que no le hubiera importado en absoluto romper aguas en mitad del jolgorio y que mi hija pudiera celebrar la fiesta de su ciudad en el futuro por doble motivo… Todavía recuerdo las palabras de mi madre,: “pero a dónde vas tú con esa tripa que te van a aplastar, tú estás loca, hija mía, no salgas…” y mi respuesta alborozada: “Ay, ama, a mí que no me quiten la Tamborrada”.

Desde entonces, hasta hoy porque la fiesta de la víspera, la noche del 19, ha convertido la plaza tradicional y las calles de la ciudad en una jungla de alcohol, incivismo y basura que lucha por doblegar la alegría genuina de quien siente a su ciudad de otra manera. De puertas para adentro, en sociedades, restaurantes y hogares, todavía se intenta conservar la costumbre de disfrutar a los sones de las piezas musicales del maestro Sarriegi. Este año la Tamborrada brillará en el calendario entre semana, lo que propiciará que haya menos foráneos pegando saltos por las calles de la ciudad, lo cual agradeceremos enormemente los donostiarras “de toda la vida”.

Felices los felices. Feliz fiesta…aunque no te gusten las fiestas.

LaAlquimista  ***** Mi hija pequeña, como Tambor Mayor de la Tamborrada del Colegio Amara Berri. Ella tuvo mucha más suerte que yo.

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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