“Mucho antes de que suene el despertador ella ya está temiendo al nuevo día. Ha tenido toda la noche para temerlo. El eco de las palabras de él se ha quedado pegado a las paredes del dormitorio, como la grasa a los azulejos de la cocina. “No vales para nada, no eres nada, no sabes nada. ¿A dónde vas a ir tú sin mí?”
Deja la cama procurando no hacer ruido, quizás pueda darse una ducha antes de que él se levante, aunque sabe que no le gusta encontrar el cuarto de baño caliente del vapor, le molesta no ser el primero en todo. Pero le duele mucho el hombro y tiene el pelo sucio y todo el cuerpo le está reclamando una purificación después de la noche de ayer.
La ciudad hace rato que se ha despertado, el ascensor sube y baja, sube y baja, no se detendrá hasta lo menos dentro de una hora. Una hora. Todavía falta una hora para que él se vaya a trabajar. Y entonces será la paz. Paz quebrada por las voces, el martilleo de sus sienes, otro día más, sola y asustada.
Ayer tuvo que decirle a Carmen que no viniera más a limpiar. Que él no está dispuesto a mantener “zánganas”, eso le dijo, el ignorante que ni siquiera sabe que los zánganos son siempre machos y no hembras.
Ya se lo decía su madre, mira que le advirtió. –“Ten cuidado con éste, parece una mosquita muerta, ya verás cuando os caséis, apunta maneras”.
Hoy no irá a tomar el café de las once con las amigas. Se le nota demasiado en la cara la bronca de ayer.”
Felices los felices.
LaAlquimista
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