Exactamente el 14 de Febrero de 2021 recibí un whatsapp que decía: “Hola, Cecilia, tengo tu cuadro preparado y dedicado. Yo estoy muy libre y puedo quedar cuando te venga bien. Saludos”.
Me lo enviaba una artista a la que conocí por Facebook y de cuyas acuarelas quedé enamorada a primera vista por lo que le pedí “amistad” y empecé a seguir el caminito de sus cuadros por diversos puntos de la ciudad decidida a hacerme un regalo.
Quedamos en la cafetería de un hotel y ella, Conchi Neira, aparcó su moto y llevó en vilo el cuadro que pesaba lo suyo, por el tamaño y el cristal que lo cubría. Como chicas educadas nos saludamos y compartimos una consumición calentita porque no era cosa de hacer la transacción fríamente,. Y conectamos. Una hora larga de conexión.
Volví a casa feliz por mi doble “adquisición”: una preciosa acuarela para la pared de la sala y una nueva amiga para mi desconchado corazón.
Hablamos del viaje a Jordania que ambas habíamos disfrutado, de los recursos que guardábamos como oro en paño para afrontar las vicisitudes de la vida. Hablamos del pasado y del presente, de sus sueños y de los míos, de los malos tiempos, de la enfermedad y de la esperanza. Para la hora del aperitivo ya nos habíamos hecho amigas.
Quedábamos de vez en cuando para comer. O le hacía una visita los primeros domingos de mes, en la feria de arte del boulevard donostiarra donde exponía sus preciosas obras. Nos hacíamos fotos juntas porque siempre nos veíamos guapísimas; sobre todo ella, con su estilo personalísimo y elegantemente donostiarra.
Acabé contándole mis penas, como hacen las amigas cuando bajan el puente levadizo que nos protege de la incomprensión ajena. Y ella me contó las suyas, que no parecían penas porque su relato manaba con voz dulce y sonrisa incorporada. Siempre. Siempre su sonrisa que yo envidiaba sin darme cuenta de que era una “actitud vital”.
Hablábamos mucho de “nuestro otro mar”, ese Mediterráneo al que ella viajaba periódicamente buscando la salud y yo corriendo en pos de mí misma. Hacíamos bromas con la fe y la esperanza.
Guardo muchas fotos juntas; y las conversaciones por whatsapp en el móvil, y en la memoria del corazón los abrazos, las sonrisas, el poco tiempo que pudimos compartir: cinco años justos con muchos altibajos por obra y gracia de los viajes y las maletas: cada una en pos del mismo destino: la paz interior a través de la salud.
Conchi siempre luchaba allá donde yo parecía querer enfadarme con la vida y sentí vergüenza, y así se lo dije, y ella sonreía y me decía “no te preocupes, ya somos felices las felices, como tú dices”.
Estoy mirando todas sus fotos, leyendo sus mensajes, pensando que la última cita, por navidades, la anulé porque yo andaba con catarrazo y no era cosa de llevarle un “regalito” inadecuado. “En cuanto tú vuelvas de Valencia y yo de Barcelona, quedamos”, me dijo.
No ha podido ser. Alguien no ha querido que fuera y me ha dejado envuelta en lágrimas que se escapan como esta lluvia inclemente que lava tu rostro en mi memoria.
Es terriblemente triste escribirte ahora que estás –ya por fin- descansando, tan lejos y tan cerca del corazón de todas las personas a las que has querido. Porque tú, Conchi, por encima de todo, querías a la gente. Y eso es el mejor regalo que nos has podido hacer y que te devolvemos con una sonrisa, para que guardes contigo y para siempre toda la cosecha de amor que hiciste florecer en esta vida.
Felices las felices, Conchi, hoy más que nunca.
Tu amiga, Cecilia.