Mi amiga M. siempre está metiéndome el dedo en el ojo; vamos, que no me pasa ni una. Y yo le dejo porque, claro, si no me canta las verdades del barquero lo mismo sigo haciéndome trampas al solitario. El caso es que cuando se harta de escucharme las cuitas y aguantar la murria que me da una vez al mes más o menos, me lanza un torpedo a la línea de flotación y me deja con las neuronas hechas gelatina.
Que de qué me quejo yo, con la salud que tengo. Que ya quisieran muchas y muchos no tener que tomar pastillas para lo que sea todos los días. O levantarse de la cama con fuerzas para lo de los diez mil pasos. O que no se me caiga el pelo y me sigan creciendo duras las uñas. Cosas así. Zarandeos de amiga del alma para que me calle de una vez.
La salud, siempre la puñetera salud, que si no te acompaña se te queda la vida descangallada, mutilada o sin brillo alguno. Que hay quien pasa más tiempo en el ambulatorio que paseando por la orilla del mar –aquí que tenemos mar-; que tantísimas personas necesitan Dios y ayuda para moverse del sofá y salir de casa a respirar aire puro, o que ya quisieran dormir siete horas del tirón o poder comer de todo sin que les haga una guerra civil el estómago. Mi amiga “dixit”.
Para qué le voy a recordar el tumor en el pecho que me quitaron hace veinticinco años, o la queratosis actínica que me dejó el ADN mirando para Tudela y que me impide exponerme al sol desde hace lustros. O cuando se me rompió el menisco y me salió de regalo la trocanteritis que me tuvo con bastón y fisioterapia durante más de un año. Por no hablar de la histerectomía con la que me obsequió mi cuerpo serrano hace un par de años y cuyas secuelas siguen fastidiándome la vida.
Que no me queje, dice mi amiga, que tengo pagado el piso, mis hijas me quieren a rabiar y tengo una buenísima salud.
Así que reflexiono un cuarto de hora y le doy la razón por aquí, en lo virtual, que si se lo digo a la cara cuando vayamos a comer esta semana igual todavía me monta una bronca por quejica, por querer dar pena –eso no lo dice ella, lo digo yo- o simplemente por no saber disfrutar de todo lo que tengo y quejarme por lo que creo que me falta.
Pero a veces me da la impresión de que cuando me dicen que tengo “buena salud” es como si me echaran en cara algo, o como si se la hubiera robado a alguien, no sé, que hasta me siento un poco culpable. Entonces me lanzo y les digo que no fumo desde hace veinticinco años, que soy más vegetariana que otra cosa, que al alcohol lo tengo a raya desde hace muchísimo tiempo. Que todos los días me pego una caminata de dos horas aunque sea por la ciudad si no puedo ir al monte, que duermo siete horas más la siesta y que, no por decirlo lo último sea menos importante, que no mantengo ninguna relación tóxica con ningún ser vivo desde hace ya varios años. Ni con familiares ni con amigos entre comillas. (Que eso también es salud).
De dinero me quejo porque soy pensionista con ingresos medianos que suben más despacio que un ascensor a manivela; de amor me quejo también porque hace tiempo que no me baila en el estómago más que alguna que otra mala digestión cuando me como una croqueta congelada en un bar o me dan un ultraprocesado en el menú del día. Es que es condición humana quejarse… ¿o no?
También es verdad que tengo muy buena suerte porque ninguna enfermedad terrible ha venido para cebarse en mi cuerpo –y toco madera-. Así que, como mi amiga M. me tiene prohibido quejarme, a partir de ahora me callaré las quejas de puertas para afuera y, en mi casa, cuando nadie me vea, haré lo que me dé la gana. Que buena soy yo para acatar órdenes.
LaAlquimista
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