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Cecilia Casado

A partir de los 50

Tomando café en el ambulatorio

Como soy poco asidua a la cosa médica gracias a todos los dioses antiguos y modernos, cuando me toca incorporarme  al redil de las ovejas dolientes todo me resulta sorprendente, y no precisamente para bien.

Entras en el amplio vestíbulo del ambulatorio de mi barrio y hay una máquina para coger número, como en la pescadería. Puedes elegir dos opciones: A y B. La una para las citas y la otra para los papeleos. Son las 10,25h. y mi tique indica A110. Miro a la pantalla esa que es como la de los aeropuertos donde se anuncian los vuelos y veo que van por el A77. OMG! Que significa Oh My God, que es la exclamación desesperada por no decir una burrada en castellano.

En el mostrador hay 5 (cinco) puestos de atención y tan solo está ocupado 1 (UNO) y como esto va más lento que el caballo del malo me acerco impunemente y pregunto si es que están de huelga. La funcionaria que SÍ está trabajando me dice que no, que en absoluto, pero que sus compañeras (invisibles) están ocupadas.

Por la hora que es deduzco, imagino y supongo que están en su “pausa café”  o en el súper de la esquina haciendo la compra. Cuento el personal que espera sentado con cara de aburrimiento/impaciencia: treinta y siete personas, como las matemáticas indican desde el A77 de la pantalla hasta el A110 que me ha tocado a mí…más las que esperan a que les den un justificante por haber faltado al trabajo o un papelillo de esos “imprescindibles” para moverse por la Administración Pública.

De repente aparece una mujer joven –por detrás de la “barra”- que se quita el abrigo y se sienta en el mostrador num.3. Todos la miramos con expectación a la espera de que empiece a darle al botoncito de llamada…pero no. Se pone el auricular y comienza a hablar por teléfono. Se escucha un suspiro colectivo de desencanto que resuena en el ambiente.

A los cinco minutos, llega otra trabajadora que ocupa el num. 4 de atención al paciente. El público se revuelve inquieto y esperanzado porque, gracias a todos los santos y a la virgen de los Desamparados, comienza a moverse el asunto. Casi nos ponemos a aplaudir cuando aparece el A78, y el A79 y con una cadencia imparable vamos avanzando en el contador que nos acerca a la meta tan ansiada –la de nuestro papelillo que TODOS sostenemos en la mano como si fuera un billete de “los ciegos” premiado.

A las 11,11 horas aparece mi número, el A110 y pego un brinco de la silla de plástico y, con trotecillo alborozado, me planto con mi tique en el mostrador que me ha tocado; soy como una niña presentando el boleto agraciado en la rifa de la fiesta de fin de curso del colegio.

Hoy es 4 de marzo y hay que buscar en mis tripas un posible parásito que me lleva por la calle de la amargura desde que he vuelto de Argentina, quizás el cordero patagónico se quedó a vivir en mí.

La cita es para el 13 de marzo y la consulta con el médico de cabecera para el día 24. Protesto. Reclamo, casi me pongo a llorar pidiendo por favor, por favor, que me hagan un hueco para la analítica, que lo estoy pasando fatal, que me duele mucho la tripa cada vez que hago la digestión incluso de un puré de verduras…. El gesto de la administrativa va del desagrado a la santa paciencia y me mira como diciéndome a ver qué se habrá creído ésta…y que tenga en cuenta que la semana del 16 al 22 los médicos van a estar de huelga porque les toca protestar por sus derechos como trabajadores.

Y yo me marcho con el rabo entre las piernas , cual perrillo abandonado, después de haber pasado casi una hora de MI TIEMPO, de MI VIDA, respetando los derechos de las trabajadoras a SU TIEMPO libre y oliendo el aroma a café y el pestazo a tabaco de la persona que me ha atendido a mí.

Que no me estoy quejando, que ya sé que el sistema funciona de coña, que tenemos la mejor sanidad del mundo y del espacio estelar –sobre todo en mi provincia guipuzcoana-, que tan solo lo estoy contando porque en ese momento, sí, en esos tres cuartos de hora del limbo de la espera, me he sentido parte de una nada, de un no sentido, de una ciudadanía que aguarda en silencio, sin protestar frente a un sistema que defiende los derechos mal organizados de los trabajadores e ignora impunemente el respeto al que tenemos los que no vamos al ambulatorio a tomar café.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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