Los domingos por la tarde –reposados y solitarios a ser posible- organizo la agenda de la siguiente semana para que no se me olviden las cosas que tengo que hacer ya que siempre he pensado que “vale más un lápiz pequeño que una memoria grande”. Así que decidí que el lunes haría –de nuevo- “housekeeping” que es el “marujeo” de toda la vida: abrir ventanas para que salga volando el polvo, reinaugurar el lecho del descanso poniéndolo todo limpio; controlar el frigorífico poniendo delante lo que está a punto de caducar y mover el coche para que no se aburra la batería. Todo esto habiéndome informado de que el tiempo meteorológico iba a ser infame tirando a muy frío y lluvioso, porque me gusta hacer de la necesidad virtud.
Pero ocurrió que –una vez más- el pronóstico falló estrepitosamente y a las diez de la mañana lucía un sol esplendoroso, así que me miré en el espejo con el plumero en la mano y decidí que mejor vivir el momento presente tomando el aire que me da alegría que quedarme en casa haciendo cosas prácticas que también dan satisfacción…pero menos.
En diez minutos ya me había duchado y vestido para recorrer a paso ligero los dos kilómetros que me separan de la orilla del mar con la misma ilusión que si fuera el primer día de vacaciones. Un pequeño descanso en un banco ante el marco incomparable para seguir el contorno de la costa por el puerto bordeando el monte Urgull, mirando al mar todo el rato y respirando el aire que me avienta casi todas las penas.
Crucé el puente sobre el río Urumea y me dirigí a la playa de Zurriola, paraíso de surfistas incluso un día lunes, no soy la única que se salta sus “obligaciones” del “lunae dies”, el día de la luna o lunático que también se le puede llamar, y seguí caminando hasta llegar a la falda del monte Ulía, la tercera de las atalayas que vigilan la ciudad.
Volví a sentarme para descansar otros diez minutos ya que mis piernas tienen casi tantos años de uso como mi corazón y hay que cuidarlas. El sol se reflejaba en el mar y calentaba mi espalda, lo que era de mucho agradecer para atemperar los diez grados que marcaba la aplicación del teléfono móvil que acierta en el tiempo siempre que no sea el meteorológico.
Me quedé pensativa, allí sentada, sobre un banco que todavía guardaba la humedad nocturna, intentando pasar revista a mis preocupaciones más inmediatas, y no hallando ninguna digna de mención, me cambié el chip e hice la lista de todas las cosas por las que tengo que estar agradecida en estos momentos, que no son pocas.
La mañana fue siguiendo su camino y el mío se enredó con el cansancio físico y las ganas de comer algo, así que me dirigí a mi bar favorito de ese barrio y lo hallé cerrado por descanso semanal. El de enfrente, también. Ellos descansan el lunes cuando casi todo el mundo se afana en recuperar el ritmo laboral; qué paradoja que los currantes tengan que buscar dónde tomarse un café o el menú del día.
Decidí volver a casa en autobús, puesto que tenía por delante otra hora más de caminata y soy mujer sensata aunque a veces no lo parezca. Una vez en el barrio mío de toda la vida, dejé que mi cuerpo disfrutara del merecido descanso de no haber “hecho nada” en toda la mañana tomándome un aperitivo… como si fuera día domingo.
Casi todo puede esperar, menos el regalo que te hace la vida un lunes cualquiera…
Felices los felices.
LaAlquimista
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