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Cecilia Casado

A partir de los 50

Ya ni sabemos por qué viajamos

El acto de viajar ya no está ligado ni siquiera mínimamente al hecho en sí del descubrimiento, ni tan siquiera a una necesidad de conocer lugares nuevos para que ayuden a ampliar los límites de nuestra pequeña mente, casi siempre provinciana. Ya no es el “Viaje a Itaca” que nos contaba Kavafis, ni se le da importancia a la vivencia de lo recorrido sino que se ansía llegar a destino, lo más rápido posible, poniendo entre paréntesis la experiencia vital que transcurre entre que se sale de casa con la vida a cuestas y se presenta en destino el pasaporte para que lo selle un aburrido funcionario.

Se viaja como premio, como aliciente, como forma y manera de rellenar los días de asueto que deja el calendario laboral. Se viaja para contar que se ha viajado, para abrumar y aburrir a quienes no pudieron –o no quisieron- acompañarnos en el viaje y para quienes inventamos la supuesta necesidad de conocer a través de fotos en el móvil los lugares exóticos, distantes o simplemente diferentes que hemos visitado.

Se viaja como huida hacia delante, dando un portazo a la precariedad que queda detrás y sustituyéndola durante unos días o semanas de manera absurdamente efímera por prisas, cansancio, estrés. Porque los viajes de ahora apuran horarios, obligan a madrugadas en aeropuertos, a despertares bruscos cuando el cuerpo quiere seguir durmiendo, a ingerir alimentos invasores, a escuchar sonidos desconocidos en una babel aceptada sin reparo alguno y de la que no recordaremos apenas nada.

Se viaja porque forma parte de un estatus socio-económico, alardeando de los destinos visitados –aunque no conocidos en profundidad- y de las millas aéreas acumuladas. Se viaja sin hablar con los autóctonos por miedo o por inexistencia de un lenguaje común; sin integrarse porque no vale la pena y además no da la gana, pernoctando las más de las veces en hoteles de mucha más categoría que la casa de uno, -quién no quisiera dormir siempre en una cama de dos metros situada en el medio de una habitación de veinte, con un baño de mármol y suaves toallas renovadas a diario-.

Se viaja para jugar a vivir un poco mejor durante unos días o semanas, para gastar un dinero que a unos les sobra y otros piden prestado,  y volver a la rutina con unos destellos de supuesta felicidad que sirvan para difuminar las sombras grises de la cotidianeidad.

Deberíamos cambiar el verbo viajar por el verbo “turistear”, puesto que cada vez quedan menos viajeros, absorbidos, aplastados por las masas de turistas que, como marabunta de insectos, invade, -invadimos-  monumentos, palacios, museos, jardines, ciudades lejanas.

En el último viaje que hice a la India hubo días en los que no saqué ni una sola fotografía del “pintoresco paisaje”, quedándome absorta en el “paisanaje”, pensando qué sentirían, cómo vivirían su imparable tráfago, sin verme ni dedicarme ni un solo segundo de sus vidas, indiferentes a mi atención, sin ofrecerme el mínimo valor de una palabra o sonrisa como no fuera para conseguir algo que yo tuviera en demasía y ellos anhelaran. El dinero, obviamente. El mundo no cambia porque no cambiamos los seres humanos.

Mi padre nunca tuvo interés alguno por viajar. Decía que sin espíritu aventurero genuino es absurdo moverse del sofá de la sala, que para eso estaban los libros y la imaginación, “compañeros de viaje” con los que había conocido remotas culturas y aprendido grandes lecciones… de la forma más cómoda posible.

Siempre pensé que le faltaba un cierto empuje vital, pero ahora, cuando tengo la edad que él tenía cuando me daba estas “lecciones” puedo comprenderle mucho mejor. A fin de cuentas, para vivir y saber no hace falta moverse demasiado, basta con una quietud mental y una tranquilidad emocional y esas se tienen o no se tienen…se viaje o no se viaje.

Hay un concepto que he aprendido en México, -donde vive mi hija mayor y su familia- que también se utiliza en Argentina y en Ecuador, y es que al hecho de “viajar fuera del propio lugar”, le llaman “pasear”. Me gusta, lo entiendo y me cuadra con lo que hago cuando agarro la maleta y le quito el polvo al pasaporte; me voy de paseo por ahí, a echar un vistazo, a disfrutar de costumbres, lugares, comidas y momentos diferentes. El último “paseo” que di en el mes de octubre pasado, acabó de mala manera porque empezó con mal augurio: retrasos y luego prisas, cambios y esperas, pausas y nervios, mala suerte y mala organización. Todo ello hizo que me asaltara una fobia transitoria a los aviones, sobre todo cuando he tenido que subir a un vuelo que jamás yo habría elegido.

Pero la cabra tira al monte, así que espero “ir de paseo” dentro de poco, pero teniendo buen cuidado en elegir el mejor camino y la mejor compañía, aunque todo esto es pura retórica ya que medio mundo está en guerra y no sé qué nos deparará el destino a mí y a mis contradicciones.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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