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Cecilia Casado

A partir de los 50

No me mandes whatsapps…¡Llámame!

*Fotografía sacada de Internet.

Pertenezco a la generación “boomer”, así alegremente etiquetados los que nacimos durante la “explosión de nacimientos” –baby boom- en la postguerra de la 2ª Guerra mundial entre 1946 y 1964, y en este país, bajo un modelo familiar marcado por las tenazas de la Iglesia Católica y la ausencia de libertades de la Dictadura Franquista. Pertenezco también a lo que se llamaba “familia numerosa”, considerada así a partir de los cuatro hijos apuntados en el Libro de Familia, que dejó de existir como tal en el año 2021.

El caso es que ahora mismo, aquellas criaturas, ya no vamos a cumplir los 60 y raro es el que no se ha jubilado. Uno de los problemas con mayúsculas –que padecemos unos cuantos- es que nos está costando Dios y ayuda adaptarnos a las nuevas tecnologías que van como el “tren bala”, pues para cuando consigues apañarte con el ordenador personal tienes que “tocar el piano” en el teclado del móvil con nuestros torpes dedazos. Me recuerda esto a quienes aprendieron a escribir a máquina con dos dedos frente a quien lo hacía a una velocidad vertiginosa usando los diez que suman las dos manos.

Estamos pues, siempre al borde del precipicio de un punto de inflexión que nos marcan los cambios, aunque sean fugaces, de esos que duran unos pocos años porque son modas y luego desaparecen para siempre. Hay que adaptarse a la velocidad del “Rayo McQueen” si quieres enterarte de la jugada ya que la alternativa es quedarse en un rincón escuchando a cantautores, leyendo a los clásicos…o viendo tertulias televisivas estomagantes o atados a los casi 800 capítulos de “La promesa” vespertina, que por cierto cuenta con más de un millón de espectadores diarios.

Y como no queremos que no nos llamen viejos antes de tiempo, adoptamos los usos y costumbres dominantes en la sociedad en cuanto a comunicación: la aplicación de “Whatsapp –obsoletos ya los SMS- y poco más, porque las RRSS tienen tufillo casposo y no gustan a los “abuelos Cebolleta”. En la mayoría de los hogares queda un viejo teléfono fijo arrumbado en un rincón que nadie utiliza ni descuelga, excepto para hacer de intermediario con el rúter que conecta al wifi y poder acceder al poder y la fuerza de los dioses on-line. -“Es lo que hay”, que dicen los que les da pereza pensar. -“El signo de los tiempos”, que dictaminan los intelectuales. -“Vete a vivir a la punta del monte”, que claman los desabridos.

Yo ya he pedido con lágrimas en la voz a toda mi familia y a todos mis amigos que, por favor, os lo suplico, no se comuniquen conmigo a través de la maldita “app” sino que me llamen por teléfono. Aunque sea al móvil, aunque sea a la hora de comer, aunque les suponga un esfuerzo titánico, que yo prometo contestar –o devolver la llamada enseguida- para poder compartir el placer de escuchar una voz humana que quiera hablar conmigo para algo mejor que venderme algo que no necesito. También ruego insistentemente que no me martilleen con “audios de larga duración”, esos monólogos que obliga a quien los escucha a poner cara de bobo durante los minutos –siempre demasiados- que duran estas “arengas”. Y mejor no mencionar ni los “memes” ni el millón de chorradas varias y bulos que circulan impunemente. Lo de los grupos de whatsapp, solo estoy en dos y ya es bastante.

La cuestión es respetarse mutuamente, así que tanta libertad tengo yo de no mantener conversaciones mediante whatsapp como el otro para seguir enviándolos aunque se pierdan en el silencioso espacio cibernético. Por cierto, si usas la opción “bloquear” no veas el cabreo que se pillan.  También comprendo a quien no me contesta al teléfono porque está muy ocupado, porque le incomoda la expresión oral, privilegio del único ser del reino animal, o se sienten invadidos por una llamada; lo respeto, claro está, pero no fomento una relación en la que no es posible un debate, un quid pro quo, o simplemente un poco de cariño de ida y vuelta mediante la maravilla llamada voz humana.

Recuerdo ahora aquellas conversaciones larguísimas, tirada en el sofá de la sala, jugando con el cable del teléfono, hablando con las amigas o con el novio justo al llegar a casa después de haber pasado horas con ellos. Recuerdo los gritos paternos, que si la factura, que de qué tenéis que hablar todavía, que el teléfono es para las cosas importantes…

Lo dicho. Si tienes mi número, llámame; seguro que será un placer hablar contigo… Y si no te gusta hablar, pues no pasa nada…sigue buscando tus interlocutores válidos que lo que es a mí no me vas a encontrar.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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