Hoy he hecho una de las mías. Me he vuelto a poner en plan “verso libre” y renunciado a la excursión de día completo en barco hacia una isla muy exótica y muy alejada; varias horas en barco recibiendo la brisa marina sobre mi piel no me lo puedo permitir y cubrirme como mujer en Afganistán tampoco me es apetecible. 

Y es que el tema que tengo yo con el sol es una relación con un decálogo estricto, que consiste en protegerme de él como de una relación tóxica de pareja. Ya hace 20 años. Estuve a punto de pagarlo muy caro (en plan queratosis actínica que es una lesión precancerosa) y ahora llevo unas mangas especiales cubiertas de protección anti rayos UVA, gasto en crema solar lo que no está escrito, amén de gorra en verano e invierno completando el outfit con una sombrilla/paraguas que también me protege de los rayos UVA hasta el 50 plus, que es el máximo de protección posible hoy en día. 
En estas tierras orientales nadie quiere tener la piel de color oscuro o moreno porque significa un estatus social bajo. Todos hemos visto a esas japonesas tapadas hasta las orejas cuando brilla el sol, preservando su piel blanca de cualquier rastro de oscurecimiento y nosotros, que somos de RAZA BLANCA, hemos decidido que queremos ser de RAZA OSCURA. ¡Hace falta ser idiotas! Nuestra sociedad occidental, cada vez está con el norte más perdido, aunque no solamente en este sentido, pero bueno, es un concepto económico esto de tomar el sol, nos venden el cáncer de piel en playas privadas, hoteles de lujo y cuerpos al sol. 
El caso es que hoy, dándome el lujazo de no madrugar, de no desayunar con prisas y de no sentir que voy corriendo como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, he llamado a un taxi a media mañana para que me llevara a dar una vuelta por el Downtown de Koror. Un taxi, porque el hotel está en la costa, a un rato largo del centro de la ciudad.
He visitado un bonito museo con una guía para mí sola, he hecho un poco de shopping después de haber acordado con el taxista (John, 63) que me dedicara un par de horas de su tiempo, me diera una vuelta por el pueblo señalándome los edificios más importantes y acabáramos en un Coffee Shop para charlar de lo divino y de lo humano. Más bien de los humanos, porque él tenía muchas preguntas acerca de Occidente y yo otras tantas acerca de cómo viven en estas lejanas islas un poco dejadas de la mano de dios y de los hombres.
Más o menos me ha contado lo de siempre: la separación de ricos y pobres, la explotación de los unos hacia los otros… y las desigualdades sociales y sobre todo hacia las mujeres. Tiene cinco hijos y su mujer se marchó Estados Unidos con cuatro de ellos… y no quiere volver y él no quiere marcharse de aquí. Lo primero que ha hecho ha sido preguntarme la edad y si tenía marido. Me he quitado 10 años y dos matrimonios… que para el caso a él le daba igual. Han sido dos horas amables y distendidas.
Se me ha olvidado comentar que la jugada me ha costado 30 € más los tés helados… y que me ha devuelto al hotel a tiempo para mi comida, mi siesta, mi baño al atardecer… y a coger fuerzas para la cena gastronómica de esta noche con el grupo que ha vuelto cansado, rojos todos como cangrejos y con doscientas fotos más en los móviles preguntándome si me había aburrido sola, todo el día sola en el hotel…
Hoy tampoco se me olvida lo de felices los felices.
LaAlquimista
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