Este es un clásico que se me repite todos los años desde hace casi un lustro, cuando la pareja que tenía se fue diluyendo poco a poco en la bruma del aburrimiento hasta que desapareció por completo de mi horizonte vital (y yo del suyo). Una vez más, llega Agosto con la agenda llena de arena y vacía de personas, como los desiertos que son hermosos de ver en un documental de La2 pero una pesadilla si de atravesarlos en solitario se trata.
Sé que a muchas personas les ocurre lo mismo que a mí, que si no espabilas con tiempo, la familia y los amigos hacen sus planes sin contar contigo y te tienes que consolar con las fotos que envían por whatsapp o las stories que publican en Instagram: un asco, vamos.
En Agosto mis amistades se ponen en “modo family” o “pareja feliz” y se lanzan a quemar kilómetros por tierra, mar y aire. Otros okupan la casa del pueblo y remolonean entre la piscina municipal y el bar de la plaza. Unos y otros, llaman de vez en cuando a ver qué tal estoy y cómo lo llevo procurando no dar demasiada envidia. Las hay que se apuntan a viajes grupales para subir y bajar montañas o se ponen una pulserita en un hotel de playa con olor a fritanga desde que amanece hasta que es noche cerrada. Y como yo no tengo cabida en ninguna ecuación de esas, me quedo sola como la una.
Buscarse la vida en pleno agosto puede ser una labor de titanes o una nimiedad, todo dependerá de la actitud del protagonista afectado por esta “espantá” veraniega. Si te quedas sola en la ciudad, te van a pisar los callos (morales) la avalancha de turistas con los que no tienes nada en común. Ir al teatro o a escuchar a la banda municipal, pasear por los sitios de siempre a base de codazos apetece poco tirando a nada excepto que tengas tendencias masoquistas.
Así pues he decidido que Agosto sea el mes para la reflexión y para elegir las “asignaturas” –troncales u opcionales- en las que me voy a matricular –hablo en metáforas- el próximo curso. El estudio de pintura está cerrado por vacaciones y los pinceles parecen de huelga de pelos caídos. La biblioteca está a medio gas y no se publican libros ni estrenan películas que valgan la pena. Pero sigo viva y coleando con mucho por sentir y otro tanto por meditar.
La limonada que tengo que hacer con los limones de Agosto la dulcifico con algo de miel y con la certeza de que son tan solo treinta y un días; cuando acaben, todos volverán cansados y felices –o infelices- y me preguntarán qué tal he pasado estas semanas en soledad. Cuando ellos vuelvan a sus cosas…yo me iré a las mías en cuanto empiece el otoño y entonces me dirán poniendo ojos a cuadros: -“¡Qué envidia!” y yo pensaré… algo que me callaré.
Felices los felices.
LaAlquimista
*Fotografía sacada de Internet
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