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Cecilia Casado

A partir de los 50

Recuerdos de Semana Grande. (1) Esta noche, helado

Andaba yo por los ocho años y del mundo sabía lo justo y necesario para esa edad: que la vida podía ser terriblemente injusta y deliciosamente agradable a la vez. Y en ese tema los helados forman parte importante de mi recuerdo. Comer pollo los domingos ya suponía un privilegio y si de postre había helado, entonces no se podía pedir más a la vida. El helado, aquel lujo con el que soñaba toda la semana.

Como no existían frigoríficos con congelador para degustar tal exquisitez no quedaba más remedio que recurrir a la inmediatez de la compra. En San Sebastián, en el barrio de Gros, había un establecimiento que me fascinaba; una horchatería/heladería que abría únicamente de primavera a otoño y cuyos productos me gustaban más que nada en el mundo: “Heladería Española” era su nombre. Sucumbió al cansancio y al asalto de los helados industriales hace ya bastantes años.

El domingo en casa de mis abuelos, donde pasé grandes temporadas para aliviar la familia numerosa a la que pertenecía, de postre había helado. Un helado que llegaba a domicilio, en un termo del abuelo del poliespán actual de color verde, de la mano de un repartidor en bicicleta. También estaban “Los Italianos” en la calle Aldamar hasta antes de ayer y  “Vesubio” en la calle Elcano, que solo lo recordarán los que tengan más de cincuenta años.

Pero a lo que iba. Que tus abuelos te invitaran a un helado cuando salías a pasear con ellos ya consistía motivo suficiente para justificar toda una tarde dando vueltas y saludando a gente (ellos, no yo). Tomar un helado era un lujo; un lujo al alcance de casi todos, pero un lujo en una época en la que no se acostumbraba a tomar fuera de casa prácticamente nada, por lo menos a los ocho años. Así que el hecho de disfrutar de un helado estaba relacionado con algo especial; como durante la Semana Grande o que te hubieran llevado al dentista.

Ahora, que todos somos igual de pobres y ya no estamos para lujos, se ha transmitido de abuelos a nietos el recuerdo de un placer que hoy en día ya no lo es más que en un recóndito lugar de la memoria nostálgica. Aunque todavía haya quien se engañe creyendo que es una tradición. Como el pollo de los domingos.

Qué tradición ni qué niño muerto es eso de tomar un helado después de ver los fuegos artificiales, pasadas las once de la noche, con el fresco que hace en esta ciudad por las noches incluso en pleno verano. Pero ya se sabe que cuando las tradiciones agonizan siempre hay alguien interesado en que sobrevivan aunque sea deformando su origen. Porque la mayoría de las “heladerías” que aparecen como caracoles después del chaparrón ya son franquicias no artesanales que hacen los helados con “polvos”. En fin. Esta noche, helado.

Felices los felices.

LaAlquimista

 

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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