Quien lea este post seguro que lo va a interpretar desde la perspectiva de su DNI; es decir, la juventud hasta los cuarenta –cada vez se alarga más, hay que ver- de una manera y quienes tengan más de cincuenta –aunque sigan sintiéndose jóvenes- de otra. Y esto será porque el cansancio del tiempo modifica las costumbres y lo que era una gloria bendita hace veinte años hoy mismo nos puede parecer la madre de todos los aburrimientos.
Supongo que esto lo entiende cualquiera: jugar todo el día en la calle es sustituido por la discoteca y esta por las cenas con amigos, para pasar después a los ritmos de pareja (con o sin niños) y acabar huyendo de ruidos y algarabía cuando el alma se serena, el cuerpo va detrás y los tímpanos no aguantan sobredosis de decibelios.
La Semana Grande de mi infancia no era apenas más que pasear de la mano de mi abuela para ver “el ambientillo” y degustar un magnífico helado artesanal. A los fuegos no me llevaban porque “no eran horas” –aunque ellos se fueran tan pimpantes- y tampoco me importaba, la verdad sea dicha.
Otra cosa fue la adolescencia con el descubrimiento de las “ferias”, los autos de choque y la felicidad de corretear todo el día por ahí como perro sin amo. Sensación de libertad, atisbo de un nuevo paraíso por descubrir. A los fuegos tampoco iba porque no me dejaban salir por la noche y mis padres, que odiaban mezclarse en eventos multitudinarios, pasaban olímpicamente de meter horas extras conmigo.
La temprana juventud me abrió los ojos a muchas cosas de la vida que hasta entonces habían permanecido ocultas; tener “novio” a los dieciséis y descubrir las discotecas o boîtes, ir al Hipódromo porque estaba bien visto, -no así a los toros porque me negaba en redondo a presenciar masacres-, dar vueltas y más vueltas por la ciudad haciendo bulto, mirando y siendo vista, participando de un jolgorio colectivo que no tenía razón alguna de ser puesto que la fiesta, lo que se dice la fiesta de verdad, estaba de puertas para adentro. En el Tenis, en el Náutico, en clubes privados donde se reunían los que podían pagar champagne en vez de sucedáneos, en los yates de la bahía y no en la barca que te llevaba a la isla, en los vestidos largos y el glamour que luego contaban en el periódico en los poco sinceros “Ecos de Sociedad” de los que nos burlábamos pero que todo el mundo leía. Ahora las fiestas son en el Palacio de Miramar, del Ayuntamiento –es decir, de todos- que lo alquila para eventos privados con “photo call” incluído.
La fiesta de la ciudad llamada “Semana Grande” era y es el tópico aceptado de la diversión generalizada para hacer un paréntesis en los problemas que quitan el sueño al ciudadano de a pie. No consigo ponerme contenta ni ponerme un pañuelito al cuello frente a los guiris de mochila y los franceses que buscan lo que en su país es carísimo y aquí se les ofrece tan solo un poco más barato; llegan los fuegos y me molesta la muchedumbre que empuja y avasalla. Me descoloca no poder tomar nada en un bar normal porque te lo dan en vaso de plástico o en bocadillo correoso. Aparecen los “Menú Víspera de la Virgen” a más de 100€ por barba, y la verdad, es como para hacerse ateo de golpe.
Se inventan cosas nuevas desde el Ayuntamiento para justificar presupuestos; actividades sin sentido tocando todos los palos. Música y fanfarrias por doquier para que la gente se conforme con mirar, somos un pueblo de mirones y tan sólo damos saltos cuando nos pinchan o cuando vamos bien servidos de alcohol, entonces sí que reina la “alegría” por doquier.
Esto de la Semana Grande es como lo de los Reyes Magos: que tiene un público y en cuanto este pierde la inocencia se ve que todo está maquillado y es más falso que una promesa electoral.
Sí, ya sé que pienso así porque me he hecho mayor, pero también siento así porque me doy cuenta de que no hay placer especial alguno en tomarse un helado con cara de estar degustando una delicatesen, que ahora veo los fuegos desde el balcón sin tener que agarrar el móvil, que prefiero un buen concierto a los músicos callejeros (malos, malísimos) que atruenan con sus playbacks, que no me dejo mis dineros en cafés, cervezas, gintonics o pintxos compuestos en una cocina industrial del polígono más cercano.
No me duelen prendas en reconocer que, por mucho que diga la propaganda oficial, la Semana Grande sigue siendo un aburrimiento soberano lleno de topicazos, mentirijillas y alguna que otra mentira más gorda.
En el siglo pasado nos visitaba la rancia realeza que se lo pasaba de miedo a costa de quien le pagaba las facturas; en el siglo pasado también nos “hacía el honor” de entrar bajo palio en Santa María aquel al que no le temblaba el pulso firmando sentencias de muerte. Y ahora, ya con el siglo XXI a cuestas, a falta de la Duquesa campechana cuando le daba, nos quedan los “influencers” de chichinabo que se hacen grabar en el “marco incomparable” contándonos a los de aquí lo maravillosa que es la ciudad y la tarta de queso.
Había que decirlo.
Felices los felices.
LaAlquimista
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*Foto: El llamado txangurro a la donostiarra. Otro invento.