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Cecilia Casado

A partir de los 50

Cómo no ser infeliz de mayor

Siempre he pensado que eso de la “felicidad” no es más que un constructo social que se inventó alguien muy listo que tenía algo muy tonto para vender a precio de oro. Es decir: desde los filósofos de la antigua Grecia hasta los “vendedores de humo” de la actualidad lo que ofrecen son recetas –a cada cual más peculiar o peregrina- para transitar por este mundo sin penas, dolores ni quebranto alguno y centrando el eje del asunto en salir bien parado de las molestias producidas por el prójimo.

No lo dicen así de claro, pero el meollo se expande en aportar fórmulas para que el ser humano sea capaz de culminar con éxito aparente la carrera de vallas que supone la vida, con todos sus malestares e inconvenientes; y si te tropiezas y se te rompe algún hueso o ligamento emocional que seas capaz de minimizar el asunto poniendo los ojos en trance y las manos como para bendecir algo.

Como yo nunca he querido “ser feliz” –me ha bastado con no ser infeliz- pues la cosa me ha ido durante los lustros consumidos con vaselina y sin demasiado dolor. Es decir: si no te empeñas en conseguir algo, si no sueñas con sueños –ajenos e inducidos- el nivel de frustración se queda a “cota cero” que significa que no hay ni escalones, ni desnivel entre la acera y la calle o, filosóficamente hablando, que desaparece el conflicto entre lo deseado y lo obtenido. Ahora le llamamos expectativas cuando siempre se han llamado afanes o esperanzas.

El caso es que ya soy mayor y no soy infeliz, lo que podría parecer un oxímoron, porque “vejez y felicidad” son conceptos aparentemente incompatibles en la misma frase. Quizás sea porque la sociedad presume a “los mayores”  lastrados por traumas y dolores pasados y presentes y nos etiqueta con muy poca bondad como “saldos de fin de temporada”. En silencio, ya que es un concepto “políticamente incorrecto”.

Según la lógica (o la Lógica) que me aplico, dos negaciones seguidas conforman una afirmación total y absoluta, así que, ojo al parche, lo dejo dicho bien claro: “no soy infeliz”. Lo que significa para mí que ser positiva implica que no me importe ser negativa…si en algún momento hay que serlo.

Quizás mi idea de la “infelicidad” estribe en tener demasiadas cosas y ansiar todavía más, hablar demasiado para no pensar lo que se dice, cerrar los ojos cuando habría que tenerlos bien abiertos…y todos estos pensamientos se reducen a dos ideas sencillas y de Perogrullo: “Para el guisado de liebre hay que tener primero la liebre… y después cocinarla”. Así de sencillo.

Felices los felices. (Y nunca mejor dicho)

LaAlquimista

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Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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