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Cecilia Casado

A partir de los 50

Interacción intergeneracional

Soy de fijarme mucho en la gente; tanto, que mis hijas siempre me han reprochado las miradas indiscretas que tengo por costumbre lanzar hacia las personas, sobre todo cuando están en grupo. Me gusta observar, qué le voy a hacer, aunque bien entendido que lo mío casi siempre ha sido de ver, oir y callar. Empero, desde hace ya un tiempo, me estoy atreviendo a interactuar con cuidado y con delicadeza. Por ejemplo, si veo a una “senior” sentada al sol en su silla de ruedas junto a una cuidadora abducida por el móvil puede que me siente en el mismo banco y pegue la hebra, lo que me agradecerá la mujer postrada y poco o nada la acompañante.

Aprendo más escuchando que hablando, sin duda alguna, porque mi vida y mis historias ya me las sé de memoria y, sin embargo, las de los demás son nuevas para mí; a veces, dentro del mismo patrón vital -trabajo, cansancio, abandono, soledad-, otras, parecen un guion de película del neorrealismo en blanco y negro.

Mis amigas son cada una de su padre y de su madre y también pertenecen a generaciones diferentes a la mía que es la “boomer”. Ahí anda una compañera de colegio de mi hija con la que comparto charlas, glorias y penas desde una atalaya forzosamente distinta. Mis amigas poetas van en short, andan en moto, pegan brincos y tienen novio, aunque hayan pasado por las “mieles” de la maternidad. Sus preocupaciones no andan demasiado lejos de las mías, que conste. Algunas hay por ahí a las que llevo diez e incluso veinte años de distancia a pesar de que la edad emocional pueda ser cercana. También está Alicia, con sus noventa y dos años del ala, que me obliga a imaginar cómo será mi vida -más o menos- si llego a tan provecta edad o J. que tiene ochenta y tres y aporta la visión masculina del asunto ese de la próstata y la vejez.

De todas y todos aprendo y estoy a gusto, bien entendido que no mezclo, que mis contactos son en petit comité que es como mejor me relaciono con la gente, puesto que en cuanto nos juntamos más de tres personas ya es multitud pues suele ocurrir que cada uno “habla de su libro” y no hay manera humana de seguir una única y común conversación; nos convertimos todos en tertulianos de andar por casa.

Esa tendencia tan extendida de no valorar a las personas que no son exactamente de nuestra misma generación, que no han sido educadas bajo idéntica férula y con similar forma de ver la vida, sé perfectamente que es un error de órdago a la grande. Por eso, si lo cometí en mi juventud, no estoy dispuesta a reproducirlo en mi camino hacia la vejez.

Escucho y aprendo cómo viven las mujeres de cuarenta años, con hijos pequeños o sin ellos, sobre todo a las que han renunciado voluntaria y felizmente a la presión social de la maternidad que tanto padecimos en otras décadas. Les veo con sus trabajos de mayor o menor enjundia profesional, universitarias, cultivadas, inquietas, curiosas, tan lejanas -afortunadamente- de las que dejaron de trabajar por dedicarse en exclusiva a servir “para todo” a maridos, hijos y demás parentela.

Escucho atentamente a las mujeres de “a partir de los cincuenta”, las que se enfrentan a retos vitales enormes, como el desgaste de las relaciones de pareja -cuántos divorcios-, la desbandada hormonal de la menopausia y las guerras con la autoestima que algunas afrontan armadas de cremas y otras de sesiones alucinantes de gym. Sin contar con el cacareado “síndrome del nido vacío” que deja a los cónyuges cruzándose por el pasillo y casi sin reconocerse.

Las amigas que andan por los sesenta están contando los días -los años, más bien- que les faltan para la jubilación, para poder mandar todo a freir espárragos y largarse a algún lugar donde no haya maridos achacosos, hijos egoístas, nietos demandantes y/o padres ancianos a los que cuidar. Que esa es otra, cuidar de los padres dependientes de la mejor manera humana posible y cruzar los dedos para que no les entierren antes a ellas o a ellos, que también tengo un amigo recién jubilado que no puede ni respirar, anclado al barco varado de sus padres inhabilitados por la enfermedad.

He dado un salto hasta los ochenta y los noventa años de otros amigos y amigas que me cuentan su vida en diferido, las goteras de salud y las visitas recurrentes al ambulatorio. También les escucho con cariño, pensando en cuando me toque a mí “dar la chapa” con mis historias de “abuelo Cebolleta”. A veces no quiero ser como ellos; otras, me gustaría poder firmar en algún sitio para llegar a tan especial edad con la cabeza en su sitio, vivir sola sin más asistencia que la de la famosa “medalla de ayuda” y aunque ya no pueda conducir o viajar lejísimos, tener bien conservado el gusto por leer con gafas, pintar a pesar del tembleque y dar paseos vitales aunque sea con bastón añadido.

Mi vida se enriquece continuamente gracias al contacto con personas de otra generación aportando a mi pensamiento -que intento sea lo más crítico posible- una dimensión ampliada gracias a una mayor perspectiva que me obliga a ser lo más flexible posible -junco y no roble- y a abrir la puerta de mi mente cada día un poquito más en vez de tenerla con cerrojo como veo que hacen tantas personas de mi generación, aferradas a ideas y pensamientos del pasado.

Con la gente que tiene exactamente mi edad comparto cariño de empatía y comprensión, pero no conozco absolutamente a nadie que esté en mi misma situación vital como para sentir que tengo un “alma gemela”, lo que voy aceptando cada día con mayor tranquilidad y santa paciencia.

Felices los felices.

LaAlquimista

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.


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