Por mucho que quiera abstraerme de lo que ocurre en el mundo mientras estoy de vacaciones, sencillamente, no soy capaz. Y esta desconexión imposible no ocurre porque apague los dispositivos que me unen al mundo digital sino porque mi conciencia -ay, la conciencia- tiene activada la conexión wifi todo el día, todo el rato, sin dar descanso ni cuartelillo.
He venido a mi otro mar a “tomar las aguas”, que es el eufemismo que utilizaban en tiempos pasados la gente con posibles para curar las miserias de la salud. En mi caso es para preservar lo emocional y lo mental de tanta ignominia y desastre que pulula por doquier sobre nuestras cabezas sin que podamos hacer absolutamente nada por evitarlo. Ni las guerras, ni los poderosos con poco cerebro, ni la maldad enquistada en la memoria de los pueblos, nada es evitable porque está en la esencia del ser humano.
Decir, “paso de todo” y me voy a la playa o a cenar pescadito rico, también es posible; basta con blindarse el alma y la conciencia durante el tiempo del alquiler del apartamento en la costa mediterránea. Lo que ocurre es que no me sale bien la jugada, alzo mi copa para brindar y me viene a la mente la imagen de una anciana desahuciada de su hogar; o de esas criaturas abandonadas a su suerte en una playa del norte de África. Soplo las velas de la tarta de cumpleaños que me ofrece mi benjamina y, mientras me lleno de su amor y sus besos, hay una sombra triste en mi corazón.
(Entonces es cuando hago como todos: miro hacia otro lado y disfruto del cariño filial, de las caricias húmedas de la perrita Gaia que me quiere lo que no está escrito, y me pongo guapa para irnos a cenar al puerto, de cara al mar y a la luna que está casi llena y muy hermosa).
Y ahora digo eso de “felices los felices” y me preparo para otro día más de playa, de vacaciones, de descanso y de algo parecido a la felicidad.
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