Esta es la frase estrella que guardamos como oro en paño por si alguna vez los hados nos son favorables y volvemos a encontrar el amor de pareja después de haberlo tenido que abandonar en el orfanato de los amores perdidos. Es este un concepto muy social, muy correcto, muy celebrado, una especie de “premio de consolación” que te puede tocar en la rifa de “restos de serie” a partir de cierta edad, cuando el alma está más cansada que serena y las hormonas desaparecidas en combate.
Si se da tal circunstancia, lo normal es darle muchas vueltas antes de comunicarlo al personal porque hay un pudor, una especie de prevención social que aconseja esperar “a ver qué pasa”, darse un tiempo y no precipitarse, sobre todo cuando se han tenido experiencias afectivas frustrantes, de esas que te dan ganas de tirar la toalla y dedicarse a la contemplación de las musarañas o apuntarse a aquagym por la mañana y a “teatro para mayores” por las tardes.
Por supuesto que el “edadismo” funciona en estos casos como un bate de beisbol que te va a golpear la autoestima con contundencia casi mortal porque la sociedad -y nosotros, que formamos parte de ella- condenamos al ascetismo amoroso y la castidad a todo lo que se mueva a partir de cierta edad.
Empero, como las brujas, haberlas, haylas, y no es tan raro el caso de tropezarse con abuelos y abuelas con sonrisa adolescente en la cara porque han “conocido a alguien”.
Y de nuevo todo son cambios de planes, viajes compartidos, sesiones de café con leche a cuatro manos y espanto de imaginar cómo se lo van a tomar los hijos si de repente la madre jubilada decirse teñirse las canas o el abuelo va al nutricionista a ver si pierde unos cuantos quilos de su libreta de ahorros estomacal.
Aquí ya no puedo hablar en primera persona porque cuantas veces me he ilusionado con alguien en los últimos años me he llevado un gran chasco o una decepción de las de no olvidar fácilmente, además de sentirme boba tirando a tonta hasta el infinito y más allá.
Pero sí que puedo contar en genérico el caso de algunas amigas y un amigo muy cercano. Ellas, florecen como las orquídeas: una vez al año pero con esplendor inusitado porque han vuelto a recuperar algo muy importante: ilusión. Ellos, sonríen pícaramente porque vuelven a tener lo que más ansiaban: compañía. 
Lo que hace que esto ocurra, que la gente se vuelva a emparejar después de matrimonios de veinte o treinta años que dejaron un poso amarguísimo, tiene un factor común: el miedo a la soledad y la necesidad de sentirse protegidos, ya que los hijos, si los hay, están todos “a su bola” y les importa un pimiento si sus padres son felices o dejan de serlo; lo que quieren es que “estén ahí” para cuando precisen de ellos y no den la tabarra con sus pejigueras.
Llegado el caso, cuando “se conoce a alguien” ocurre algo digno de estudio psicológico y social. Y no es otra cosa que “se baja el listón” de una manera descarada y alarmante. Mujeres que llevaban años viviendo solas, libres y bastante felices, convienen en volver a lavar la ropa sucia de su pareja, ponerle la comidita en la mesa y colgarse de su brazo para que las lleven por ahí. Mujeres que proclamaban las bondades de la libertad después de tantos años dedicadas al cuidado de maridos, hijos y padres ancianos, vuelven a uncirse al yugo del que tanto renegaron en su día. Ellos, los hombres, tan felices de volver a tener quien les cuide: no piden demasiado, quizás tampoco ofrezcan demasiado.
Yo también “he conocido a alguien” alguna vez, porque soy un ser sociable y no soy demasiado antipática. Pero el radar incorporado y el sistema de alarma infalible enseguida empiezan a pitar como locos. Así que, ya lo siento, sigo sin “novio” que llevarme a la boca… de momento.
Felices los felices.
LaAlquimista