Hay cosas que sólo se hacen una vez al año como tomar las uvas al son de las campanadas, la declaración del I.R.P.F. o soplar las velas en una tarta. Son, de alguna manera, situaciones especiales que comportan un halo de ritual, de importancia de fuera de lo común –para bien o para mal.
En mi caso (y en mi casa) es el menú especial de Año Nuevo:
Huevos fritos con patatas y una buena siesta. Con platos de porcelana, copas de cristal y sábanas recién cambiadas, para empezar el año como los ángeles.
Huevos de esos que tienen la yema amarilla, hijos frustrados de gallinas “korrikalaris” –correteadoras- y del tamaño de una pelota de tenis; cocinados en aceite del mejor, bien caliente para hacerle las “puntillas” a la clara –ese bordado artesanal y mágico transmitido por las abuelas-, y acompañados por unas patatas de las que vienen cubiertas de tierra y cuesta el kilo más que las naranjas, pero que saben a gloria, -todos tenemos un regalo en el corazón si sabemos limpiar “la tierra que lo cubre”-. Cortadas en gajos grandes, mecidas en el aceite suave para que se ablanden, como caricias que van in crescendo y rematadas con un golpe de calor abrasador en sus últimos instantes, el paroxismo del amor a la patata frita, mientras a su lado se doran, bailoteando a ritmo de valses de Año Nuevo, varios ajos cortados en obleas humildes y divinas a la vez.
Descansa el conjunto dos minutos en papel de estraza, decantado el exceso de ardor y colesterol y servido con una lluvia abundante de sal marina –no hace falta ir hasta el Himalaya por sal-, se presenta en el plato como un lujo sibarita al alcance de todos; tan sólo hace falta ponerle el suficiente amor a la cosa.
Con un caldo previo para templar el estómago y rematado el festín con otra de nuestras “peculiaridades”: el roscón del día 6 adelantado al día 1 porque no hay ley que nos diga cuándo hay que comer algo. Una buena copa de vino para adornar la mesa y asentar tanto amor y la compañía íntima, dulce y sonriente de quien está a nuestro lado tanto cuando comemos marisco como cuando lo que toca son huevos fritos con patatas. Y una infusión de suaves arrullos para propiciar el colofón final, que es dormir un buen rato abrazando los sueños y la esperanza que van a guiar el nuevo año 2026.
Felices los felices.
Y Feliz Año Nuevo.
LaAlquimista
**La foto es de los del año pasado. A ver cómo quedan hoy…
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