
Sábado, dos de la tarde. Tenemos reservada una mesa, mi amiga L. y yo en un conocido y popular restaurante de la ciudad. Un lugar amable de los de toda la vida, con viandas preparadas con cariño y personal que sabe hacer la estancia agradable, además de un precio asumible por mi bolsillo de pensionista.
Allá fuimos para disfrutarnos mutuamente a la vez que le dábamos vidilla al estómago. Conversación íntima, comida rica y buen rollo amistoso; lo que nos hace felices a tantas mujeres que sabemos hacer de la amistad una de las vigas maestras de nuestra vida.
Mismo sábado, pero a las tres de la tarde. Llegan veinte comensales de golpe a su mesa reservada y fue como si se hubieran abierto de un golpetazo las puertas del patio del colegio a la hora del recreo. Todos adultos o muy adultos y todos de género masculino, al menos por su aspecto externo.
Algo celebraban –imaginamos- por la alegría que llevaban encima y los decibelios con los que la expresaban y de la que, sin encomendarse a dios ni al diablo, nos hicieron partícipes al resto de comensales que les mirábamos con ojos como platos –ojipláticos, que se puede decir ahora- y temiéndonos lo peor que, efectivamente, fue lo que aconteció.
Se acabó la paz, se terminó el disfrute propio mientras que comenzaba el ajeno, el de la manada, recua, rebaño o bandada que invadió el comedor del restaurante.
Era tal la algarabía que mi amiga L. lanzó un silbido de esos que pegan los pastores cuando quieren que vuelvan las ovejas y durante un segundo todos se callaron; entonces hicimos gestos de: “ya os vale, ¿no?” y había que ver cómo se carcajearon de nuestra llamada de atención.
Obviamente, el personal de sala no sabía dónde meterse, en ausencia de la dueña del restaurante que llegó cuando ya el resto de comensales habíamos huido del local. Dimos cuenta del postre a toda pastilla, sin disfrutarlo, y nos levantamos de la mesa agarrando nuestras pertenencias como huyendo de un incendio o de los matones del ICE.
Tuvimos que tomar el café en el bar del restaurante y hacer esfuerzos para que no se nos cortara la digestión y sobre todo para no enfadarnos y estropear nuestro encuentro.
Mala suerte, dijo mi amiga; mala educación, apunté yo.
Y para colmo, afuera, llovía…
Felices los felices.
LaAlquimista
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*** Dibujo de “Experiencia encantadora de una familia en un restaurante abarrotado,” c.1860 · Henri Bonaventure Monnier. Bibliotheque des Arts Decoratifs, Paris, France / Bridgeman Images