Esa sensación benéfica que me invade tantas noches, ya en la cama, con el embozo debajo de la nariz, la luz recién apagada, en el momento en que tomo conciencia de que al día siguiente no tengo “nada que hacer”, ningún compromiso ni tarea urgente. La misma sensación benéfica que me alcanza si al día siguiente he quedado con alguna buena persona para compartir unas horas, comentar la jugada, incluso sentarnos a una mesa y que nos sirvan una comida rica.
Esa sensación que a veces se vuelve inefable cuando entro en casa después de pelear con el viento y el frío durante mi largo paseo matutino y libero mis pies, el cuerpo entero de ropa de abrigo y respiro mi propio calor de hogar, siento los olores de mi casa, el aroma de la comida que he dejado preparada, el olor a pigmentos y aceite de la “habitación de pintar”, mis olores en el dormitorio, ¡qué benéfica me resulta!
Si tengo por delante una tarde de muchas horas de lectura o trabajo en el estudio de arte; tanto si el tiempo del reloj está moviéndose nervioso o está inerte, descansado… de una forma o de otra, qué bien me siento.
Y será porque no me duele nada; y quizás no me duela nada porque tengo la mente en “stand by” –que quiere decir apoyada en el vacío del silencio, inactiva pero alerta-, porque ya se me pasó la edad de andar dándole vueltas a las cosas, enredando en los millones de racimos de neuronas que no están para que yo las convierta en gelatina sino para librarme de todo mal cuando el peligro aceche y tenga que volver a ser un poco neandertal por aquello de la supervivencia de la especie –y la mía personal-.
Ahora mismo, mientras tecleo estos pensamientos traducidos a palabras escritas, miro por la ventana y veo los árboles alborotados por un viento inclemente y me digo en voz baja: “qué bien estoy aquí, contándome cosas y haciendo hambre para hincarle el diente al cardo con jamón y almendras que se calienta en la cocina”.
Las voy guardando o atesorando, esas sensaciones benéficas, para cuando pintan bastos y se me hincha el trigémino viendo las noticias o me he cruzado por la calle con alguien de mi propia familia de origen que me ha negado el saludo, como si no hubiéramos mamado la misma leche o recibido la misma herencia.
Conservo y protejo celosamente esas sensaciones benéficas como si fueran los ahorros de toda una vida, esos que se atesoran “por si pasa algo” –que siempre ha de pasar, la muerte entre otras cosas-.
Entonces doy un paso más hacia la burbuja del silencio, acallo la mente peleona y abro suavemente la vía por la que se va filtrando suave y despacito la memoria sanadora de esas sensaciones benéficas que he ido guardando como “botiquín de primeros auxilios emocionales.”
Y entre unas cosas y otras, tomo conciencia de “cómo se pasa la vida”, -recordando al poeta-, “cómo se viene la muerte tan callando”…
Felices los felices.
LaAlquimista
Te invito a visitar mi página en Facebook.
https://www.facebook.com/apartirdelos50/
Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com