Hoy me he despertado con legañas de silencio pegadas a mis labios, sintiendo que “hace” demasiado ruido alrededor, como si fuera viento que ulula o lluvia que salpica. Y al igual que protejo mi cuerpo del frío abrigándolo o mi piel de los rayos del sol que queman y matan, busco el lugar íntimo donde no llegue la agresión acústica externa.
Lo primero de todo es acallar mi propia voz, dejarla en reposo unas horas –las que necesite- por pura coherencia con el deseo con el que he amanecido.
Lo segundo es acallar la voz ajena, pero no con mordaza alguna sino con protección eficiente. Teléfono en vibración suave, pinganillos en los oídos –como si estuviera escuchando, pero sin escuchar nada- y apagar los electrodomésticos que emiten barullo: radio, televisión y “alexas” varias…
La opción de encerrarme en casa es tentadora, pero no siempre benéfica. Aunque el aire puro tiene entrada libre por mis ventanas –vivo frente al monte, en un piso muy alto-, no siempre es suficiente. Más me ayuda caminar en la naturaleza durante una hora que cualquier otro remedio que ofrezcan los “vendedores de humo”.
Así que me deslizo hasta la calle protegida por una gorra de visera bien larga, gafas de sol de tamaño extra grande, pinganillos bien visibles en las orejas y bufanda tapando parte de la cara.
Me vuelvo muy rara cuando no tengo ganas de hablar, doy fe.
La cercanía del mar es mi salvación cotidiana cuando la mente se vuelve cansina y no deja de martillear con sus cosas. Menos de dos kilómetros en línea recta me llevan a mi lugar ideal de descanso. Por el camino, miro al infinito y hago como que voy distraída, aunque en realidad estoy concentrada en mí misma, en no dilatar mis momentos, en no perderme en saludos de compromiso.
El mar nunca es silencioso, pero su “música” consigue relajarme y alejar de mí los momentos de aturdimiento esos días en los que no tengo ganas de hablar.
Y no hablo.
Obviamente, tampoco nadie me habla a mí y así hacemos el círculo perfecto de ayuda mutua, un “win win” que tiene una carga espiritual nada desdeñable.
Es lo que tiene la soledad algunos días, que es un regalo inmenso. Otros, los menos, se transforma en una medusa que convierte en piedra el corazón.
Felices los felices.
LaAlquimista
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