No siempre miro la vida como si fuera un regalo maravilloso con el que los dioses me favorecen por ser yo persona merecedora de tales dones. Ni por asomo me creo que vivo en un “mundo piruleta” del que soy la actriz principal o la mejor pagada del cartel. Para nada. En absoluto. Ni por casualidad.
Enfatizo mucho esto porque a veces –yo también- me hago pequeñas trampas al solitario, maquillando mis arrugas emocionales dándome fuerzas para afrontar un nuevo día cuando pintan bastos en mi vida.
No soy una persona feliz. O acaso me conformo con ser “moderadamente” feliz, que es cosa un poco aburrida pero que no proporciona demasiados sobresaltos.
Lo de las sensaciones maléficas viene para compensar lo de las “sensaciones benéficas”, un texto mitad cursi, mitad merengue y mucha nata que me inventé el otro día para llenar un espacio vacío en mi tiempo mañanero entre el desayuno y el paseo cotidiano y preceptivo.
Maléfico es un adjetivo que designa aquello que hace daño, provoca perjuicio e incluso puede ser perverso para el ser humano en particular o para el mundo en general.
Lo del mundo mejor ni lo muevo porque atravesamos tiempos oscuros y llenos de iniquidad propiciados por los “masters del Universo”, que no es una serie de Marvel sino la maldición bíblica por la que atravesamos en este siglo XXI, después de la peste, la guerra y la hambruna. Ahora toca la maldad pura y dura y a todos nos alcanza de alguna manera porque se ha hecho “viral”.
Las sensaciones maléficas que me asaltan casi siempre tienen origen parecido y vienen de la mano de la maldad humana y la estupidez. Maldad que todos en algún momento ejercemos aunque lo hagamos en “petit comité”, de puertas para adentro, en casa cuando nadie nos mira amparados detrás del escudo de la intimidad sacrosanta del hogar o el chaleco antibalas del individualismo. Estúpidos consideramos a los otros, como decía con similares palabras e igual intención el filósofo: “L’enfer, c’est les autres”. (“El infierno son los demás” aportación de Jean Paul Sartre al infierno del siglo XX)
Esa sensación amarga que se agarra a la garganta cuando recibo una mala noticia –mala para mí, no para la humanidad- y me pongo a soltar juramentos sobre las paredes que me hacen de público sufriente. O cuando me rebelo contra lo que considero injusto –injusto para mí, por supuesto- y me transformo en una Gorgona, un auténtico monstruo femenino nada mitológico con el que aconsejo guardar la distancia de seguridad.
Qué mal carácter tengo cuando me da por sacarlo de su “zulo emocional”. Qué rabias viejas y mohosas afloran desde mi pecho cuando se me niega lo que deseo o no consigo aquello por lo que lucho… Qué dolor puedo causar con mis palabras aceradas o con mis silencios envenenados…
Y, por encima de todo, cuando me acuerdo de aquellas personas con las que he compartido el pan y la sal en armonías pretéritas para acabar convirtiéndome en una especie de holograma, una esquela virtual, una foto amarillenta…
Todo es pura energía, así lo dicen los científicos y los paniaguados con programa propio en la televisión. Aunque yo sea de letras fui a clase el día en que tocó la lección que describía cómo las fuerzas del universo se atraen y se repelen de acuerdo con Leyes incuestionables.
Así que lo dicho: benéficas o maléficas todas las sensaciones son especias que sazonan el mismo guiso. Y, para colmo, hay que comérselo.
Felices los felices.
LaAlquimista
Sensaciones benéficas | A partir de los 50
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*** (Ragazzo morso da un ramarro) 1596 -Michelangelo Merisi di Caravaggio