Me admira y a la vez estremece la capacidad de sufrimiento, de aguante, del ser humano. En según qué ocasiones –las terribles, cuando las circunstancias son trágicas-, el instinto de supervivencia de la especie prevalece; en otras, en las cotidianas, las fácilmente subsanables, la modorra existencial toma las riendas.
-“Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse?; si no la tiene… ¿para qué preocuparse?” y con esta o parecida filosofía vamos dejando que los que mueven los hilos sigan creyendo que sus marionetas no tienen vida cerebral –ni vida, ni ideas-.
A veces encuentro en mi camino a personas que se sienten oprimidas. Gente que se queja continuamente de su mala suerte, de las injusticias de que son objeto, del abuso que padecen y yo, que soy de poco compadecerme cuando le veo el truco a la cosa, no tengo palabras de ánimo o consuelo del tipo “bueno, ya pasará”, “no hay mal que cien años dure” o “este es un valle de lágrimas, ya se sabe” o ninguna chorrada por el estilo.
No, yo soy más bien de meter el dedo en el ojo y preguntar directamente: -“¿Por qué lo aguantas?” Y es curioso, porque entonces el quejica se revuelve y percibes que ya no le interesa lo que le vayas a decir. Que no existen opresores sino oprimidos, -como dejó dicho la gran Simone de Beauvoir-. que la situación que está padeciendo es porque lo permite, que en su voluntad está darle la vuelta a las cosas… No, lo que quiere es empatía –la dichosa empatía, que parece el bálsamo de Fierabrás-solidaridad con su cobardía e incluso conmiseración.
Esposas soportando lo que no está escrito por miedo a enfrentarse a la familia y al mundo, maridos más que hartos y aburridos pero incapaces de renunciar a su posición cómoda y rutinaria; asalariados agachando la cabeza y la dignidad por aferrarse a su mísera nómina. Padres explotados por hijos egoístas que se sienten –al cabo de los lustros- culpables de la mala educación que les dieron y que creen que ahora tienen que pagar la factura; amantes aferrados a unos brazos fríos e indiferentes elegidos antes que la soledad , que resulta más fría e indiferente, si cabe.
¿Por qué aguantamos ciertas cosas? 
Cada uno tiene sus propias justificaciones, las excusas justas y precisas para acallar la conciencia lacerada. Por eso, cuando se encuentran a un amigo, le lloran en el hombro y se quejan de la opresión de que son objeto como si contándolo fuera a desaparecer el mal que les enferma. Pero casi nadie hace nada por mejorar su situación y la consecuencia fatídica es que a más queja menos amigos les van quedando…
Felices los felices y los que luchan.
LaAlquimista
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