Una cuadrilla de amigos es un grupo –homogéneo o heterogéneo- que se junta por presunta afinidad de gustos. Es decir, porque van todos al mismo gimnasio o a cantar en un coro o ya ni se acuerdan de por qué empezaron un día a verse una vez al mes.
Las cuadrillas –que tendrán otro nombre según el origen- tienen como fin pasárselo bien, a ser posible delante de una mesa. Comer y beber, charlar de cosas intrascendentes y lo que se tercie para cumplir con la necesidad de alejarse unas horas de la familia o de cualquier otra rutina.
Intimidades, pocas –sobre todo si son de hombres-, reflexiones, las menos –que el alcohol no las propicia-, y los problemas se dejan en casa justo en el momento de salir. No son ni bienvenidos ni compartidos porque “cortan el buen rollo”.
Yo todavía formo parte de una cuadrilla que ya va despeñándose por el precipicio de caminar cada quien por la propia individualidad. Se habla con el que se sienta al lado o enfrente y al resto de la mesa ni agua. Se escucha lo mínimo a quien tiene la palabra, procurando que meter baza en cuanto haya una pausa silenciosa de tres segundos. Da igual cuál sea el tema; siempre hay alguien que sabe más que tú del libro que acabas de leer, de la película que viste ayer o del viaje a la Alcarria que hiciste el verano pasado. Y no discutas, que se lía el asunto como si fuera una sobremesa familiar.
Si la mesa es para doce, hay doce sillas ocupadas por doce individualidades diferentes –a veces encontradas-. Y si es para seis da lo mismo. Cada uno tiene su discurso y ha venido a “hablar de su libro”. A poner su pica en Flandes.
Lo peor de estas situaciones es la malísima costumbre de entablar una conversación con quien tienes al lado o enfrente e ignorar al resto de participantes. De repente, ya no hay cohesión en el grupo, cada uno va a su bola, y de ahí a que se convierta la reunión en una jaula de grillos, llena de algarabía innecesaria, no va más que dos minutos. Los que tardan los camareros en tomar la comanda y empezar la gente a comerse el pan.
Cómo adoro el “petit comité” o el “tête à tête”, que dicen los franceses ya que, parece ser, que los españoles no conocemos más que el mogollón y el follón.
Felices los felices.
LaAlquimista
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