He comprobado que con la gente de mi generación me llevo “ni fu ni fa” mayormente porque tenemos iguales o parecidos quebrantos y las conversaciones tienden a ser en bucle: que si la salud, que si los hijos/nietos, que si la política y poco más. Sin embargo, cuando comparto tiempo con personas que me llevan cuatro o cinco lustros o con quienes son mucho más jóvenes que yo, constato que el aprendizaje es claro y diáfano, como si se estuvieran reescribiendo las Leyes de Newton. Inercia, Dinámica y Acción/Reacción también se aplican a la forma de afrontar la vida y no solamente a la Mecánica en sí.
No me quiero liar más de lo que ya estoy, pero parece que somos tres generaciones que hemos caído a la Tierra desde tres planetas distintos. Y digo generaciones porque las sigo contando de veinticinco en veinticinco años y no como ahora que saltan por decenios como si los días tuvieran quince horas y los años siete meses. Todo va demasiado rápido, cuesta abajo y sin frenos, como las “goitiberas” de mi infancia. (Para quien no sepa lo que es favor de mirar en Google y me ahorro la explicación.)
El caso es que Alicia (92) se define como anciana que es- y como no le apetece mirar hacia el futuro –y hace bien- recuerda su vida, vuelve una y otra vez al pasado, como si ese regreso fuera la mejor manera de corroborar que ha vivido. No le interesa demasiado la deriva del mundo actual que muestran en televisión y ya ve cómo estamos abocados a destruirnos o incluso extinguirnos en no demasiados años que ella, obviamente, no verá. Y es por eso que rememora insistente, no quiere olvidar las lecciones que le dio la vida: su infancia y juventud en Venezuela, la vuelta a los orígenes vascos, su existencia dedicada a cuidar de su familia y las necesidades/demandas de un marido y tres hijos. Recuerda y recuerda, y ahora, viuda ya, se le difumina el horizonte porque le faltan las fuerzas para hacer todo lo que hizo a partir de los cincuenta, edad en la que se dio cuenta de que “ya le tocaba vivir a ella” y empezó a “hacer cosas”. Se socializó a la brava, aprendió a ser “contacuentos”, a participar en las actividades femeninas y feministas del barrio y, en definitiva, a vestir su vida con un auténtico traje personal, más allá de los eternos cuidados a los que las mujeres de su generación han estado abocadas. Alicia vive sola pero le cuidan y miman sus hijos y nietos y toda la familia está pendiente de que no le suba la tensión ni el colesterol.
Me veo a mí misma –si llego a su edad- mirando en el móvil las fotos viejas de mis viajes, leyendo libros con una lupa y aburriéndome por no tener con quien hablar. Mis hijas tienen su vida y viven lejos; no debo esperar que me cuiden ni podrían hacerlo, es lo que tiene la distancia geográfica. Me quedé hecha polvo cuando nos separamos Alicia y yo y volví a casa meditabunda y no se me ocurrió mejor idea que llamar a México y a Valencia por la línea materno-filial para que me dieran un poco de charla. No tuve suerte, cosas del horario laboral y familiar.
Naiara (43) es varios lustros más joven que yo y podría haberla parido yo misma por coincidencia de fechas. Sin embargo, su vida cumplidos los cuarenta no tiene nada que ver con lo que yo experimenté cuando tuve esa edad. Todas teníamos hijos y las que no los tenían eran miradas con cierta conmiseración por la sociedad. Casi todas trabajábamos dobles jornadas, fuera y dentro de casa, apañando la economía doméstica de forma esclavizada; raro era el marido o compañero que “ayudaba” en hacer la compra, pasar la aspiradora o llevar a los niños al pediatra. El “meteorito” failiar nos cayó encima a nosotras y, como protestábamos como gorgonas algo se consiguió en una lucha con aquel feminismo que pedía igualdad por encima de todo. Pero ahora le están dando la vuelta, por todos los diablos, que parece que lo que mola es ser madre al uso de los 50 y señora de su casa, como nuestras abuelas, las que ahora tendrían 125 años.
Está bastante demostrado que todo es cíclico: en política, en costumbres y hasta en la moda. Me educaron a bofetadas, procuré no maltratar a mis hijas de ninguna de las maneras que usaron mis padres y resulta que ahora hay unos especímenes por ahí que se burlan de los padres jóvenes, adultos e incluso adultos mayores, exigen a gritos su egoismo y convirtiéndose en pequeños/grandes tiranos.
Cualquier generación tiene luces y sombras, eso ya lo hemos aprendido leyendo la Historia. Pero los que pertenecemos a la “generación bocadillo” ya ni sabemos qué está bien o mal, cómo tratar a los hijos adultos para que no se enfaden y dejen de contestarnos a los whatsapps –de las llamadas telefónica mejor no hablamos, son especie a extinguir- y, lo que es peor, nos ha entrado el miedo a que nos manden a hacer puñetas si se nos ocurre tener alguna expectativa en común que les suponga una molestia. Ellos “tienen su vida” y a nosotros nos quedan las “kondarras” de la nuestra. (*kondarra describe lo que queda al final, ya sean posos en una botella o sobras de comida.
Aunque no me ha costado demasiado reaccionar y espabilar, pues “yo también tengo mi vida”, y da la casualidad de que es mucho más tranquila y placentera y mucho menos estresante que la suya aunque se lleven el papel estelar de la película que han elegido libremente protagonizar.
Felices los felices, malgré tout.
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